“LA UNION CIVICA RADICAL, ¿FUE LIBERAL?”

escribe Nicolás E. Aguilar

Si replanteamos algunos aspectos que hacen a la historia de la Unión Cívica Radical, podemos observar los reiterados procesos de cambio-en lo ideológico- por los que fue atravesando el centenario partido.
No es para menos. Comencemos con su fundador, Leandro N. Alem, que era un defensor y proclamador de las ideas liberales, encuadradas en el pensamiento de Alberdi y la constitución de 1853. Basta repasar algunos párrafos pronunciados por Alem en el debate sobre la federalización de Buenos Aires, en la legislatura provincial. Textual: “La tendencia autoritaria se desenvuelve entre nosotros de una manera alarmante. Son los partidos de esa escuela que atribuyen al poder social derechos absolutos e independientes, sin pensar que solo es un encargado de armonizar y garantizar los derechos de los asociados. “Para asegurar el poder legítimo, es necesario impedir todo trance que él exagere sus facultades y es indispensable buscarle el contrapeso que prevenga lo arbitrario”. “En economía como en política, estrechamente ligadas, porque no hay progreso económico si no hay buena POLITICA LIBERAL que deje vuelo necesario a todas las fuerzas y a todas las actividades”. “Gobernad lo menos posible, porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad, más gobierno propio tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”.
Más adelante los principios básicos de la Unión Cívica serían desvirtuados por Hipólito Yrigoyen y fue el mismo L.N. Alem quien hizo referencia al caso: “el pérfido traidor de mi sobrino Hipólito Yrigoyen”. Hay quienes argumentan que esa traición fue la que lo que le indujo a suicidarse.
Yrigoyen gobernó a partir de 1916 con una política que estaba por fuera de los principios fundacionales del partido. Se dice que fue el primer populista, aunque convengamos que no fue un populismo exacerbado como el que sería instalado más adelante por el peronismo. Entre otras cosas aumentó el número de empleados estatales y se le cuestionó el haber “acomodado” a sus amigos. Produjo un aumento del gasto público y la deuda. Yrigoyen no era muy amigo de los valores republicanos, ya que realizó innumerables intervenciones a las provincias; ordenó la represión en la “semana trágica”. Su figura estaba más cerca de lo que se conoce como “caudillo”, condición ésta bastante alejada de los ideales democráticos que pregonan los radicales en general.
Pero ¿cuál es la razón que lleva al radicalismo a destacar su figura por encima de otros – incluso más destacados- como por ejemplo Marcelo Torcuato de Alvear, quien en solo un período realizó uno de los más brillantes gobiernos de la historia argentina?
Alvear pertenecía a una familia de la aristocracia nacional y eso llenó de prejuicios a los radicales, quienes, en su afán de ser políticamente correctos, optaron por inclinarse por una figura más popular. Los radicales de Forja (fuerza de orientación radical de la joven Argentina), fundada en 1935, impulsó una línea de pensamiento en ese aspecto y adhirió más adelante al peronismo provocando un “arrastre” ideológico del radicalismo hacia el incipiente movimiento liderado por Juan Domingo Perón. De ahí en más el radicalismo se convirtió en el vagón de cola del justicialismo, principalmente al abandonar las ideas liberales fundacionales de Alem y Alvear.
Tal vez Perón dirigió su mirada principalmente a los radicales en ocasión de pronunciar su ocurrente frase: “peronistas son todos”.
El otro “desliz” ideológico del radicalismo se daría con la declaración de Avellaneda en 1945, virando hacia la izquierda y adhiriendo a los preceptos de la socialdemocracia. Más adelante Alfonsín y los muchachos de “Renovación y cambio” levantarían esas banderas.
Ya en la contienda electoral de 1983, la mimetización ideológica del radicalismo alfonsinista progresista con el justicialismo fue total: “la justicia social” fue una de las frases más utilizadas por quién luego sería elegido Presidente de la nación.
Nadie puede dudar de la honestidad a toda prueba de Raúl Alfonsín y de sus buenas intenciones, no obstante, sorprende su actitud al firmar con Menem el pacto de Olivos, donde entre otras cosas se acordó la reelección presidencial y la reducción del período de gobierno a 4 años. De esa forma se contribuyó lamentablemente a la instauración de una mentalidad cortoplacista, donde el afán por conservar el poder y enfocarse en las “próximas elecciones” estuvo y está por encima de las políticas de Estado a largo plazo. Otra conducta cuestionable de Alfonsín fue su falta de apoyo político al gobierno tambaleante de Fernando De La Rúa, quién se empecinaba en mantener la “convertibilidad” a pesar de la crisis. Alfonsín coincidía con Duhalde que había que devaluar, sin importar las desastrosas consecuencias que eso traería. Había que borrar todo vestigio de “neoliberalismo”.
Más adelante el radical Julio Cobos sería vicepresidente de Cristina Kirchner, adhiriendo tal vez a esa transversalidad que pretendía transformarse en el “tercer movimiento histórico”, cuando ya se conocía quienes eran los Kirchner y los entramados de corrupción que afloraban día a día en el gobierno de Néstor.
Ya en éstos tiempos, Ricardo Alfonsín (hijo de don Raúl), dejó de lado los valores de la ética radical para acoplarse a lo peor: el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, una de las políticas más corruptas de la historia, y donde el presidente Alberto Fernández ejerce su cargo de manera simbólica.
No obstante, el radicalismo, en general y a lo largo de la historia, se ha movido dentro de preceptos éticos y valores de la república y la democracia. Arturo Illia fue un ejemplo de honestidad, al extremo. Alfonsín repetía hasta el cansancio la importancia que tenían esos valores. Después del gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear, el radicalismo obtuvo otro matiz. Como dije antes, optó por la línea personalista y caudillista de Yrigoyen y con la aparición del peronismo se sumó a través de FORJA al tren de las ideas justicialistas, como el intervencionismo estatal y la coerción al libre mercado. Estos dos partidos se parecen mucho, no solo en la idea del paternalismo estatal, sino también por ser hostiles al realismo económico. Históricamente han sido desordenadores fiscales seriales.
Concluyendo, la Unión Cívica nace como respuesta a la hegemonía conservadora y su posible corruptela, pero no contra el sistema liberal. La prueba de ello es que el liberalismo como sistema político y económico continuó (en mayor o menor medida) hasta el golpe de Uriburu. Incluso el mismo Yrigoyen lo sostuvo, pero lo diferente fue que intentó incorporar cuestiones sociales que estaban en ebullición en el mundo y que encontraban resistencia en el conservadurismo.
Como vemos, el espíritu liberal está en los preceptos fundacionales del radicalismo, enmarcados en los pensamientos de Alberdi y Alem. Quizás algunos radicales remuevan esas raíces y sin prejuicios refloten las ideas iniciales para ponerlas en juego por el bien del país.