Era el año 2013 y con la solapa inflada y el micrófono del IPLyC abierto, Maurice Closs y su operador estelar, Eduardo «Balero» Torres, salieron a anunciar el milagro de las Cataratas: el «Mini Las Vegas» misionero. Trajeron un barco histórico, el Nicolás Mihanovich, metieron en el medio a una sociedad anónima servicial y prometieron cinco pisos de lujo, ruletas y dólares flotando en el Paraná.
El resultado fue una obra maestra de la alquimia oficial: millones de pesos convertidos en chatarra podrida a la orilla del río. Mientras la gente en los barrios juntaba agua en baldes y peleaba el día a día, la plata de la Lotería de la Provincia terminaba amarrada, juntando moho, pagando amarras astronómicas y generando cero pesos de retorno. Pasó lo de siempre: el barco no funcionó jamás, el negocio quebró antes de tirar la primera carta, la caja se vació y ellos armaron las valijas sin que nadie les pida una sola factura ni un remito de dónde quedó el dinero.
Llegó el período de barbecho. Dejaron pasar los años, permitieron que las causas judiciales durmieran la siesta en los expedientes y esperaron a que la amnesia colectiva hiciera su trabajo de lavado de cara. Total, la deuda la pagó el contribuyente con más impuestos y el buque quedó ahí, como un monumento a la impunidad de hierro que se va comiendo el óxido.
¿Y ahora? Ahora los ves asomar la cabeza de nuevo. Se acomodan el traje, ponen cara de estadistas preocupados por el futuro de la provincia y caminan los pasillos como si nunca hubieran dejado un tendal. Con la cara de piedra que da la impunidad, vuelven a querer dar cátedra de gestión.
La pregunta que nos queda a todos picando en la cabeza no es si van a volver, sino ¿cuál será el próximo proyecto multimillonario que tienen guardado en la cabeza para anunciar con bombos y platillos, financiar con la nuestra, abandonar en un par de meses y hacer que la plata desaparezca para siempre?
Gaston Arotcharen
