LA SANATA



     Cuando Juan Domingo Perón volvió del exilio en los años setenta, solía divertirse mucho viendo en televisión “La peluquería de don Mateo”. En ese programa el peluquero, que era ucraniano y se llamaba Mateo Popovich, “hablaba” desde un teléfono público con Henry Kissinger, el hombre clave del Departamento de Estado de los Estados Unidos, y le daba “consejos” sobre la guerra de Vietnam. Don Mateo era el actor Fidel Pintos, el creador de una forma de comunicar  muy eficaz en la política argentina: la sanata.

     La “sanata” es un modo de hablar que se planifica para que sea incomprensible, en la que se expone un argumento absurdo y sin ideas claras. Pero diciéndolo de corrido y de un modo que parezca muy seguro de lo que se está diciendo, suena verosímil para cualquiera.

    Fidel Pintos, el “narigón” Fidel Pintos, creó la sanata para no morirse de hambre en los años treinta en medio de la gran depresión económica mundial y la “década infame” argentina. Su personaje de sanatero entretuvo a generaciones de oyentes de radio y a televidentes de programas míticos como “Operación Ja Ja” y “Polémica en el bar”.

     Fidel, que era porteño, nació en 1905 y se fue en 1974. Nunca habrá imaginado, o quizás sí, que iba a convertirse en un referente intelectual de nuestros hombres de estado.

   El mecanismo retórico de construcción del discurso en general, incluido el discurso político, ha sido objeto de estudio desde Noah Chomsky  para acá, incluyendo los aportes de fonetistas, sociolingüistas y analistas varios.

     Fidel, fogueado en las desmesuras de a veces tener mucho trabajo y a veces no tener ninguno, definió que “un actor es un señor que hoy come faisán y mañana se come las plumas”.

     Cada rincón argentino está plagado de sanateros que llegaron a ser gobierno y por eso comen faisán.

      Apoyados por los que, convencidos por la sanata, se comen solo las plumas…

Walter Anestiades