El escenario actual no admite más el juego del «ah pero…» ni las comparaciones estériles. La realidad es brutal y despojada de adornos: la gestión actual es un desastre estructural, una maquinaria que ha dejado de funcionar para la sociedad. Se ha llegado a un punto de no retorno donde los mecanismos de propaganda han perdido toda eficacia porque se han quedado sin su activo más preciado: la credibilidad.
La estrategia de comunicación de esta clase dirigente es una ofensa directa a la inteligencia del ciudadano, un ejercicio cínico montado sobre tres pilares de decadencia:
La Estética de la Nada: Cambiar el nombre del sello partidario o invertir fortunas en flyers de redes sociales no es «apertura», es desesperación. Intentar atraer gente con campañas de marketing digital es una burla cuando la gestión real se traduce en recortes, salarios de miseria y persecución al que piensa distinto. La política no es un reel de Instagram; es la vida real, y ahí el saldo es negativo.
El Autoengaño y la Mentira Deliberada: Pretender que la gente «se acerca sola» por un cambio de nombre es un insulto. La ciudadanía no es ingenua; observa la misma estructura de siempre, los mismos funcionarios que rotan eternamente de silla en silla, y una complicidad gremial que entrega el futuro de los trabajadores en cuotas. Es un sistema diseñado para la preservación de una casta que siempre cae parada, mientras el ciudadano común es asfixiado por la burocracia y la falta de transparencia.
El Secreto como Blindaje: Mientras los presupuestos se esfuman en recitales y gastos injustificados, los datos clave permanecen bajo siete llaves. No hay auditorías, no hay rendición de cuentas, no hay respuestas. Solo hay humo: una cortina densa creada para ocultar la ineficiencia, el clientelismo y la desconexión total con la realidad de quienes habitamos este lugar.
El epílogo de esta farsa
Ahora que las papas queman, intentan discutir lo que antes prohibían siquiera mencionar, simulan proyectos que negaron sistemáticamente, prometen solucionar reclamos que ignoraron durante años y pretenden eliminar impuestos con el dinero que han saqueado durante tanto tiempo.
No se equivoquen: la sociedad ya no los elige y, mucho menos, les cree. Estas maniobras desesperadas de último momento no son un cambio de rumbo, son la prueba irrefutable de que solo buscan salvarse el culo. El cinismo ha llegado a su techo: ya no venden futuro, solo venden humo.
Por Gastón Arotcharen
Comunicador – Posadas
