Aplican sólo 90 mil segundas dosis por día y la chance de morir con la primera es 13 veces mayor

Surge de los registros del Monitor de Vacunación y estadísticas del Ministerio de Salud. Por qué el problema de las segundas dosis contra el Covid excede el faltante de la Sputnik V.
El segundo componente de la Sputnik V y la tensa espera de la variante Delta conforman hoy la gran pregunta, con letras de neón, de la pandemia de coronavirus en la Argentina: pura incertidumbre. Pero mientras tanto, las certezas no generan demasiada tranquilidad: escasas segundas dosis de las otras vacunas disponibles y un piso de contagios alto, pese a que las variantes del Covid circulantes son más benignas.

En la última semana, según datos del Monitor Público de Vacunación, se aplicaron apenas 623.630 segundas dosis: un promedio de 89.090 inyecciones por día. El resto fueron primeras: 1.820.873, lo que da un promedio diario de 260.124. Un total de 349.214 dosis cada 24 horas. Esto significa que sólo una de cada cuatro dosis que se aplicaron fueron segundas.

Ese promedio impide a la Argentina reducir la brecha entre primeras y segundas dosis. Se avanza con la vacunación en gente cada vez más joven, pero de la mano de esa estrategia por ahora sólo se ha podido reproducir el déficit inmunitario: ser uno de los países del mundo con menos segundas dosis aplicadas.

En la cuenta histórica de lo hecho hasta ahora, sólo el 25 por ciento de los argentinos que recibieron una dosis también recibieron la segunda. Y el diagnóstico actual sucede, curiosamente, casi un mes después de que el Consejo Federal de Salud (Cofesa) acordara acelerar las segundas dosis en mayores de 40 años y personas de riesgo.

El valor de las segundas dosis no sólo es clave por el advenimiento de la variante Delta. Lo es también por la Delta, pero hay un dato previo que le da sentido, ni más ni menos, al valor de la vacunación: la posibilidad de contagiarse con una dosis de vacuna o con dos sería prácticamente la misma, al menos con las vacunas aquí adquiridas. Así lo revelan las estadísticas del Ministerio de Salud.

El 1,60 por ciento de los vacunados con una dosis se contagió el Covid (con las variantes circulantes hasta ahora), mientras que entre los que tenían ambas dosis contrajo la enfermedad el 1,58 por ciento. El contraste está en cómo transitaron la enfermedad, luego, aquellos que tenían medio esquema de vacunación en comparación con los que lo habían completado.

Allí surge el abismo. En cualquiera de los dos casos, el porcentaje de letalidad no es llamativamente alto, pero sí resulta evidente que con las dos dosis aplicadas la mortalidad ha sido mucho menor: 4 de cada 10 mil vacunados con una dosis murieron, contra 3 de cada 100 mil vacunados con ambas. Es decir, la chance de perder la vida con una sola dosis fue 13 veces mayor.

El problema, en ese contexto, es lo que viene (o lo que tal vez ya esté presente sin haberse registrado aún): la velocidad de contagio de la Delta. Una variante que no es más agresiva, pero más personas contagiadas estadísticamente dan como resultado una mayor cantidad de muertes. Ahí es donde el “detalle” de la segunda dosis puede hacer toda la diferencia. ¿Hay manera de medirlo?

“La medicina no es una ciencia exacta”, le dice a Clarín Rosa Reina, presidenta de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva. Se refiere a que las comparaciones de letalidad entre los que recibieron una o dos dosis dependen obviamente de la vacuna, pero “también de la edad de la persona que se enferma y de las comorbilidades que posee”.

En ese escenario resulta altamente sensible que muchos de los que tienen una sola dosis son adultos mayores. La Sputnik V, al haber sido la primera vacuna disponible en el país, fue destinada al personal de salud y a la población mayor de 70 años, la más vulnerable ante la escasez del segundo componente. “Lo ideal sería vacunar con la segunda dosis a los 30 días. Todos los vacunados tienen que tener la segunda dosis, ésa es la premisa”, subraya Reina.

Pero además de la Sputnik V están las vacunas de Sinopharm y de AstraZeneca, cuyo nuevo protocolo nacional es aplicarlas en intervalos de 30 y 60 días, respectivamente. La de Oxford se inoculaba, hasta fines de junio, a los 84 días porque un estudio en Gran Bretaña había concluido que era más eficaz de esa manera. Lo de los 60 días, en cambio, queda a medio camino: no hace las paces con ese trabajo científico ni con el riesgo de la Delta.

Ahí es donde aparece no tan clara la disponibilidad real de la vacuna de AstraZeneca, es decir, si la decisión de no acelerar también su segunda dosis a los 30 días tiene un pie en el temor al desabastecimiento. Una respuesta puede buscarse en el último viaje que el 12 de julio la ministra Carla Vizzotti hizo con Cecilia Nicolini a Gran Bretaña: especie de reverso presencial del impostado mail que la asesora presidencial envió a los rusos cinco días antes.

Si bien las vacunas de AstraZeneca han empezado a llegar con un mayor ritmo en los últimos dos meses, casi a fines de julio arribó menos de la mitad de los 22,4 millones de vacunas compradas a ese laboratorio: 9,9 millones de dosis, cuando el cronograma tentativo original indicaba, precisamente, que en julio debían completarse todos los envíos.

El intervalo mínimo entre las dosis de Sinopharm, en cambio, se explica por una necesidad sanitaria pero al la vez porque la vacuna china -la menos efectiva de todas las utilizadas- ha pasado a ser la más caudalosa en Argentina, con el arribo ya de 14 millones de dosis (llegaron 8 millones en sólo 19 días y quedan 16 millones por venir). Con esa marca superó a la Sputnik V (11,8 millones) y también, claro está, a la creada por la Universidad de Oxford.