El país sin presidente donde los sueldos son los más altos del mundo: 6.800 euros al mes

Suiza es el país del mundo con un mayor sueldo medio, una cuantía que ronda los 6.800 euros al mes, unos 82.098€ al año. Además de eso, el país europeo es uno de los países con mayor índice en calidad de vida gracias a su tasa de esperanza de vida y al respeto y la tolerancia de sus ciudadanos.

En este país, la democracia es directa y cuatro veces al año se celebran referendos populares para las decisiones más importantes. Además no hay un presidente y el representante del Consejo Federal solo tiene mandato por un año sin posibilidad de reelección. 

En 2016, mediante un referendum, el 85% de la población rechazó el proyecto de una renta universal, es decir, un sueldo por no trabajar. 

Según el último informe sobre Desarrollo Humano realizado por el PNUD en el año 2019, los cinco países más desarrollados del mundo son:

  1. Noruega = 0,954.
  2. Suiza = 0,946.
  3. Irlanda = 0,942.
  4. Alemania = 0,939.
  5. Australia = 0,938.

Además de ser una de las naciones más prósperas y desarrolladas del planeta, es también una de las más democráticas. Pero se distingue por una excepcionalidad: es de los pocos casos en el mundo donde el Poder Ejecutivo no tiene una cabeza, sino siete, con las mismas potestades y atribuciones.

En cualquier otro país, todas las miradas estarían puestas en la persona que pasa a ser la líder política de la nación. Pero en Suiza esa responsabilidad no recae sobre un individuo, sino sobre siete. Juntos, conforman el Consejo Federal, que gobierna de manera colectiva.

El sistema político suizo es único en el planeta. Es cierto que tiene muchos rasgos de los parlamentarismos europeos, como que los ciudadanos no votan directamente al gobierno, sino a los partidos que integran el Parlamento, que a su vez eligen a los miembros del Consejo Federal. Pero no hay un primer ministro y no importa si los consejeros pierden el apoyo de los legisladores, estos no pueden pedir una moción de censura para removerlos.

Una faceta común con los presidencialismos es que el mandato del gobierno es fijo: dura cuatro años. Pero no hay nada parecido a un presidente. Si bien el Consejo tiene una presidencia rotativa, que ocupa uno de sus siete integrantes por un plazo de un año, sus funciones son meramente protocolares y no tiene ninguna potestad superior a la de sus colegas.


Para entender el por qué del antipersonalismo extremo que caracteriza a la política suiza hay que prestar atención a otros dos rasgos constitutivos del sistema: el federalismo y la democracia directa. En un país que se caracterizó siempre por el vigor de las autoridades locales —que miran con desconfianza al poder central— y por una participación activa de los ciudadanos en los asuntos políticos, sería difícil aceptar un líder fuerte. En ese contexto, un gobierno con un poder diluido en varias personas es una alternativa mucho más tolerable.

Un sistema que no admite caudillos

Suiza es una república tan federal que su nombre oficial es Confederación Suiza. Las confederaciones, a diferencia de las federaciones, están compuestas por estados que se unen, pero mantienen su independencia. En la práctica, Suiza es una federación, ya que las entidades subnacionales no son independientes. Pero la decisión de mantener la palabra confederación marca una enorme voluntad de autonomía.

De hecho, Suiza no tiene una capital oficial como casi todos los países del mundo, que designan a una ciudad como territorio federal. La que funciona como tal es Berna, ya que alberga a los principales órganos de gobierno. Tampoco tiene un solo idioma oficial, sino cuatro: alemán, francés, italiano y romanche.

El Parlamento tiene dos cámaras con poderes equivalentes: el Consejo de Estados, que representa a los 26 cantones en los que se divide el país, y el Consejo Nacional, que representa al pueblo. El primero tiene 46 representantes: 20 cantones eligen a dos cada uno, y los seis más pequeños eligen uno solo. El segundo tiene 200 integrantes, que se votan bajo un sistema de representación proporcional, de modo que a cada cantón le corresponde un número de bancas acorde a su población.


Reunidas, ambas cámaras conforman la Asamblea Federal, que elige a los siete miembros del Consejo Federal. Cada uno de los 246 asambleístas emite un voto, que es secreto y se deposita en una urna. Lo curioso es que, legalmente, cualquier ciudadano puede ser elegido. No obstante, la regla informal es que sean legisladores pertenecientes a los partidos con mayor representación.

Son varias rondas de votación, en las que se van descartando los postulantes con menos apoyo, hasta que quedan los siete ganadores. Lo interesante es que nunca accede al gobierno un solo partido ni una coalición de partidos que acuerda un programa común, como ocurre en otros parlamentarismos. Hay una convención, que durante muchos años se conoció como “fórmula mágica”, según la cual los tres partidos con mayor cantidad de bancas en la Asamblea designan a dos consejeros cada uno, y el cuarto pone a uno solo.

El método se adoptó en 1959 y funcionó sin mayores problemas durante décadas, gracias a que elección tras elección los mismos partidos se mantenían como los más votados. Primero, el Partido Popular Suizo (SVP en alemán); segundo, el Partido Socialdemócrata (SP); tercero, el FDP Los Liberales; y cuarto, el Partido Demócrata Cristiano (CVP).

Pero los cambios en la orientación del electorado están haciendo crujir a la “fórmula mágica”, y el mejor ejemplo fueron las elecciones del 20 de octubre pasado. Los primeros tres lugares se mantuvieron como siempre: el SVP fue el más votado con el 25,6%, seguido del SP (16,8%) y del FDP (15,1%). Pero cuarto salió el Partido Verde, superando con 13,2% al CVP, que recibió 11,4 por ciento.

No obstante, la Asamblea Federal decidió excluir a Regula Rytz, líder de los verdes, argumentando que si los siete miembros del Consejo querían ser reelectos había que respetar la tradición. Es una forma de evitar que haya cambios políticos bruscos, aunque a expensas de la representatividad. Los críticos de esta decisión afirman que el gobierno “apenas” representará al 68,9% de los electores. Una enormidad para cualquier país, pero el mínimo para Suiza en mucho tiempo.


La estabilidad es una regla de oro de la política suiza. Desde la Constitución de 1848, que estableció el sistema político vigente hasta la actualidad, nunca cambiaron los siete miembros del Consejo al mismo tiempo. Además, en el siglo y medio que pasó, solo cuatro perdieron el respaldo para continuar en el cargo a pesar postularse a la reelección.


En muchos países parlamentarios son usuales las alianzas cuando ningún partido alcanza la mayoría. Incluso entre fuerzas que piensan muy diferente, como ocurre en Alemania entre la Democracia Cristiana y el Partido Socialdemócrata. Pero los gobiernos que asumen en ese caso son el resultado de acordar previamente un programa.

No es lo que pasa en Suiza. Los partidos no negocian antes de asumir. El sistema está pensado para que, aunque no quieran, las principales fuerzas políticas estén obligadas a gobernar conjuntamente.


Los siete consejeros suelen reunirse una vez por semana en el Palacio Federal de Berna. A fin de coordinar la administración, se reparten distintas áreas de gobierno como ministros de un gabinete.

Se busca que las decisiones ejecutivas sean resultado del acuerdo entre los consejeros, pero, cuando esto no es posible, se vota. El pacto tácito que todos tratan de respetar es que, una vez que se adopta una política, ninguno de los siete la cuestione públicamente.


El país de la “democracia directa”

Un sistema de gobierno como el suizo llevaría primero a la parálisis y luego al caos a la mayoría de los países del mundo. Ciertos niveles de liderazgo parecen indispensables para establecer un orden político operativo. Suiza tiene una cultura y una historia política únicas, que explican que sea viable ese modelo.

Para empezar, el país es en su origen el resultado de acuerdos políticos entre grupos muy diferentes. Las comunidades alemanas, francesas e italianas que se unieron para formarlo lo hicieron bajo la condición de conservar su propia identidad y de no someterse a una entidad superior. Por eso, solo pudieron aceptar una autoridad compuesta por un poco de cada parte.


Esta es una de las razones de la histórica neutralidad que caracterizó a Suiza, que la llevó a mantenerse al margen de las dos guerras mundiales y a no incorporarse a las Naciones Unidas hasta 2002. De hecho, está en el centro mismo de Europa, pero no pertenece a la Unión Europea, aunque sí al Espacio Schengen.

Por otro lado, la forma de gobierno colegiada se remonta a la Antigua Confederación Suiza, que existió entre los siglo XIII y XVIII. Solo los nobles accedían al gobierno de los cantones, pero entre ellos la discusión era colectiva, sin jerarquías.

Así se fue arraigando una política altamente participativa, con mínimos mecanismos de intermediación. No es casual que Jean-Jacques Rousseau, el filósofo contractualista que abogaba por la democracia directa en El contrato social (1762), haya nacido en Ginebra.

Si bien la democracia suiza contemporánea es representativa en términos generales, están muy difundidos los mecanismos de participación ciudadana, como los referéndums. Cualquier ciudadano que reúna 50.000 firmas en los 100 días posteriores a la sanción de una ley puede forzar una consulta popular para derogarla. También se pueden someter a votación enmiendas constitucionales, reuniendo 100.000 voluntades en un plazo de 18 meses.

 

Por Darío Mizrahi