La Revolución de Mayo fue, entre muchas cosas, un acto de valentía política. Un grupo de personas decidió dejar de obedecer ciegamente a un poder lejano y empezar a discutir quién gobernaba, cómo gobernaba y para beneficio de quién se gobernaba. La idea de fondo era simple pero revolucionaria: dejar de ser súbditos para empezar a ser ciudadanos.
Doscientos quince años después, en Misiones pareciera que la historia se cuenta al revés. Acá no hace falta un rey en España. Alcanza con un poder político que lleva más de dos décadas administrando la provincia como si fuese patrimonio propio, mientras se esfuerza en convencer a la sociedad de que todos los males vienen siempre de afuera.
La Renovación construyó un modelo curioso: habla de autonomía mientras concentra poder, habla de modernidad mientras repite apellidos y estructuras, habla de cercanía mientras la política se vuelve cada vez más lejana para la gente común. Y como en toda hegemonía larga, el mayor problema no es solamente el oficialismo, sino la costumbre social de aceptar que las cosas “son así”.
En cada 25 de Mayo abundan los discursos sobre libertad, patria y pueblo. Pero la verdadera pregunta incómoda es: ¿qué tan libres son las provincias donde un mismo espacio político domina hace más de veinte años, donde muchos medios dependen del poder, donde gran parte de la dirigencia opositora termina orbitando alrededor del oficialismo y donde criticar demasiado puede costar caro?
Tal vez el desafío pendiente en Misiones no sea repetir la historia de Mayo en los actos escolares, sino entender su significado político más profundo: animarse a discutir el poder, dejar de naturalizar los privilegios y recuperar la idea de ciudadanía por encima de la obediencia.
Porque la patria no se construye solamente recordando revoluciones pasadas.
También se construye teniendo el coraje de mirar el presente.
Paola Wajtowichz
