El Yazá: los que nunca volvieron

Al cumplirse un año de la tragedia de Campo Viera

Por Julio Manuel Benítez

Hoy (26) se cumple un año de aquella madrugada que dejó nueve vidas en las aguas del arroyo Yazá. Un año desde que la noticia comenzó a recorrer los pueblos de Misiones y fue entrando en las casas con esa crueldad que tienen las desgracias cuando todavía nadie alcanza a comprenderlas.
Recuerdo la mañana, el desconcierto, los primeros nombres, las fotografías que empezaban a circular. Recuerdo, sobre todo, que entre las víctimas había jóvenes universitarios que regresaban a sus hogares. Muchachos que habían salido a estudiar, como tantos otros del interior de nuestra provincia, y que llevaban en sus mochilas bastante más que libros y apuntes.
Tal vez por eso me dolió de una manera particular.
Yo también fui uno de esos estudiantes que debían viajar largas distancias para llegar a la universidad. Conozco el cansancio de las terminales, las esperas interminables, el sueño venciendo sobre la ventanilla y esa felicidad anticipada de saber que, después de varias horas de ruta, uno volverá a encontrarse con los suyos. Conozco también los sacrificios que hay detrás de cada joven del interior que decide continuar sus estudios. Las privaciones familiares, el dinero que nunca alcanza, los padres que hacen lo imposible para que sus hijos tengan oportunidades que ellos no tuvieron.
En aquellos pasajeros reconocí algo de mi propia juventud.
Me resulta particularmente doloroso pensar en las cosas pequeñas que quedaron inconclusas. Una conversación por teléfono. Una comida preparada para recibir a alguien. La ropa que esperaba ser lavada durante el fin de semana. Algún examen próximo. El mate compartido con los viejos. Esas cosas que parecen insignificantes mientras suceden y que, después de una pérdida, adquieren un valor imposible de medir.
Pienso en las familias.
En quienes aquella mañana miraron el teléfono demasiadas veces. En quienes escucharon una noticia que al principio parecía referirse a otros, hasta que apareció un nombre conocido. En la desesperación de buscar información, de llamar, de esperar una respuesta. Y en ese instante terrible en que la esperanza empieza a quedarse sin argumentos.
No conozco el modo en que cada familia atravesó aquellas horas. Apenas puedo imaginar una parte de su sufrimiento. Hay dolores ante los cuales las palabras, incluso las más cuidadosamente elegidas, resultan insuficientes.
Días después escribí Elegía en la ruta de los sueños truncos. No fue un ejercicio literario. Necesitaba escribir. Me perseguía la imagen de aquellos jóvenes que habían emprendido un viaje tan habitual como regresar a casa y que encontraron la muerte en un tramo de nuestra geografía que muchos conocemos de memoria.
Aquel texto nació de una tristeza compartida y, de algún modo, terminó perteneciendo también a otras personas. Su posterior transformación en canción me hizo comprender que, a veces, lo que escribimos para aliviar una pena propia encuentra un lugar en el dolor de los demás.
Desde entonces, cada vez que escucho mencionar el arroyo Yazá, pienso en aquella madrugada.
El lugar sigue allí, sobre la Ruta Nacional 14, en Campo Viera. El agua continúa su curso entre la vegetación, indiferente a los nombres que nosotros no deberíamos olvidar. Imagino las crecientes después de las lluvias, la tierra colorada desprendiéndose de las barrancas, las ramas arrastradas por la corriente. El paisaje habrá cambiado muchas veces durante estos doce meses. Para quienes perdieron a un hijo, un hermano, un padre, una madre o un ser querido, en cambio, hay algo de aquella noche que seguramente continúa intacto.
También están quienes sobrevivieron. Personas que debieron reconstruir sus días después de una experiencia que nadie debería atravesar. Sus heridas, visibles o no, forman parte de esta historia. Merecen nuestro acompañamiento, nuestro respeto y el tiempo que necesiten para recuperar cuanto sea posible de sus vidas.
Durante este año pensé más de una vez en la posibilidad de levantar, cerca del lugar del accidente, un espacio que recuerde a las víctimas. No imagino grandes monumentos. Bastaría un sitio cuidado, con sus nombres, algunos árboles y la posibilidad de detenerse un momento. Un lugar donde las familias encuentren una señal de que su dolor no quedó encerrado en las noticias de aquella semana.
Me gustaría que esa iniciativa pudiera concretarse.
Pero también quisiera que este aniversario nos obligara a mirar nuestras rutas con mayor responsabilidad. Quienes vivimos en Misiones sabemos cuánto dependemos de ellas. Las recorren trabajadores, estudiantes, docentes, familias enteras. A veces viajamos de madrugada, bajo lluvias intensas, después de jornadas agotadoras. Confiamos en llegar. Confiamos en que los demás también harán lo necesario para que todos podamos regresar.
Esa confianza merece ser protegida.
No quisiera que dentro de algunos años el Yazá fuera solamente el nombre de una tragedia que recordamos cada octubre. Ojalá lo sucedido contribuya a evitar nuevas muertes. Ojalá aprendamos, de una vez, que la seguridad vial no puede depender de la suerte.
Hoy, mientras escribo estas líneas, pienso en cómo habrá transcurrido este año para aquellas familias. En la primera Navidad sin alguien en la mesa. En los cumpleaños que debieron celebrarse de otra manera. En los mensajes que todavía permanecen guardados en algún teléfono. En las fotografías que se miran a solas, cuando la casa queda en silencio.
Pienso en los jóvenes que ya no pudieron regresar a sus aulas. En las carreras interrumpidas, en los proyectos que habían comenzado a tomar forma. Pienso en sus compañeros, que continuaron estudiando con la ausencia de quienes hasta entonces compartían las mismas preocupaciones y esperanzas.
Y vuelvo a recordar mis años universitarios.
Cuántas veces viajé de noche por estas rutas. Cuántas veces me quedé dormido sin saber exactamente por dónde íbamos. Cuántas veces desperté cerca de mi destino, reconociendo los primeros paisajes familiares, con la alegría de quien sabe que pronto estará en casa.
Nunca pensé demasiado en la fragilidad de aquellos viajes. A esa edad uno tiene la vida por delante y cree, con una confianza casi necesaria, que siempre habrá tiempo para volver.
Hoy sé que no siempre es así.
Ha pasado un año desde aquel 26 de octubre de 2025. Nueve personas murieron y muchas otras vidas quedaron marcadas para siempre. Ningún homenaje puede reparar semejante pérdida. Tampoco estas palabras, que escribo con el mismo pesar que sentí entonces.
Quisiera, al menos, que llegaran a sus familias como un abrazo respetuoso desde Jardín América. Que supieran que, más allá de los titulares y del paso inevitable de los días, todavía hay quienes recordamos a sus seres queridos.
Esta mañana, mientras en tantos hogares misioneros comienza un lunes cualquiera, habrá familias para las cuales el 26 de octubre nunca volverá a ser un día cualquiera.
Quizás alguien prepare un mate y recuerde cómo lo tomaba quien ya no está. Quizás una madre vuelva a mirar la última fotografía de su hijo. Quizás alguien encuentre, entre las cosas guardadas, un boleto de colectivo.
No sé.
Pero pienso en ese boleto, en su fecha, en el destino impreso sobre el papel.
Y en todo lo que significaba aquella palabra tan sencilla:
Volver.
En memoria de las nueve víctimas de la tragedia del arroyo Yazá y en acompañamiento a sus familias y a quienes sobrevivieron.
Julio Manuel Benítez
Jardín América, Misiones
26 de octubre de 2026