Hay una pregunta que incomoda. Y justamente por eso quiero hacerla.
¿Qué vamos a votar los misioneros en 2027?
No qué candidato nos gusta. No qué partido nos promete más. No quién nos cae simpático. No quién aparece sonriendo en una inauguración.
La pregunta es mucho más incómoda:
¿Vamos a volver a votar lo mismo?
Porque después de más de veinte años de una estructura política que prácticamente se volvió parte del paisaje misionero, ya no alcanza con señalar solamente al que gobierna.
También hay que mirarnos nosotros.
Sí. A nosotros.
Al ciudadano que se queja durante cuatro años, pero después entra al cuarto oscuro y vuelve a elegir exactamente lo mismo.
Al que critica el salario, pero después se conforma con una promesa.
Al que reniega porque el hospital no tiene respuestas, pero cuando llega una elección se olvida.
Al que ve una escuela deteriorada durante todo el año, pero celebra una inauguración de pintura dos semanas antes de votar.
Al que putea por el estado de los caminos, pero después termina justificando al funcionario de turno.
Entonces la pregunta deja de ser solamente qué hacen los políticos.
¿Qué hacemos nosotros con lo que hacen los políticos?
Porque si durante veinte años nos quejamos de las mismas cosas y seguimos eligiendo a los mismos, ¿quién tiene que hacerse cargo de esa contradicción?
¿No será que también nosotros somos responsables de que nada cambie?
¿No será que el poder aprendió hace tiempo que puede equivocarse, prometer, endeudarse, inaugurar a medias y volver a pedirnos el voto porque, al final, siempre encuentra la manera de convencernos otra vez?
Y ahí aparece el nombre que atraviesa buena parte de la política misionera: Carlos Rovira.
La pregunta no es solamente si Rovira seguirá teniendo influencia.
La verdadera pregunta es:
¿Vamos a seguir permitiendo que una sola estructura política tenga semejante capacidad de decidir el rumbo de una provincia?
¿Vamos a seguir creyendo que cambian los nombres cuando, en realidad, muchas veces solamente cambian las caras?
¿Vamos a aceptar que una persona que ya no ocupa formalmente el máximo cargo del Ejecutivo continúe siendo señalada como el gran ordenador de la política provincial?
¿Vamos a mirar una boleta y preguntarnos quién aparece arriba, o vamos a preguntarnos quién está realmente detrás?
Porque quizás ahí esté la verdadera discusión de 2027.
No quién se presenta.
Quién mueve los hilos.
Y si los hilos siguen siendo los mismos, ¿realmente estamos frente a un cambio?
Mientras tanto, Misiones sigue teniendo problemas demasiado concretos como para esconderlos detrás de discursos.
Salarios que no alcanzan.
Docentes que trabajan y aun así tienen que hacer cuentas para sobrevivir.
Hospitales que necesitan respuestas.
Escuelas que esperan mantenimiento.
Aulas precarias.
Caminos que se deterioran.
Obras que se anuncian, se presupuestan y después quedan a mitad de camino.
Familias que cada vez tienen menos margen.
Jóvenes que buscan oportunidades fuera de la provincia.
Productores que reclaman.
Trabajadores que protestan.
Y una pregunta que vuelve una y otra vez:
¿Esto es lo mejor que podemos tener después de más de dos décadas de gobierno de la misma estructura?
No estamos hablando de una gestión que recién comienza.
No estamos hablando de un gobierno al que haya que darle tiempo.
Estamos hablando de más de veinte años.
Entonces quizás llegó el momento de dejar de preguntar solamente qué hizo mal la oposición.
Hay que preguntarnos algo mucho más brutal:
¿Qué hizo tan bien el oficialismo para que después de tantos años sigamos aceptando que las mismas respuestas sean presentadas como soluciones?
¿Y qué hicimos nosotros para permitirlo?
Porque una democracia no se trata solamente de votar.
También se trata de recordar.
Y quizás ahí esté nuestro mayor problema.
Nos olvidamos demasiado rápido.
Nos olvidamos de las promesas.
Nos olvidamos de los discursos.
Nos olvidamos de las obras que nunca terminaron.
Nos olvidamos de los millones anunciados.
Nos olvidamos de los funcionarios.
Nos olvidamos de quienes estuvieron antes.
Nos olvidamos de quién votó qué.
Y cuando llega una nueva elección, empezamos nuevamente desde cero.
Como si la historia no existiera.
Como si no hubiera memoria.
Como si la boleta del año anterior hubiera sido borrada.
¿Y si en 2027 hacemos algo diferente?¿Y si antes de votar preguntamos cuánto se gastó?¿Quién lo gastó?¿Quién lo aprobó?¿Quién lo controló¿Cuánto se debe?¿Cuánto se pidió prestado?¿En qué se gastó?¿Qué obra se terminó?¿Cuál quedó abandonada?¿Cuánto gana un trabajador?¿Cuánto gana un funcionario?¿Qué pasó con los hospitales¿Qué pasó con las escuelas?¿Qué pasó con los caminos?¿Qué pasó con las promesas?
Y, sobre todo:
¿Qué pasó con nosotros?
Porque también deberíamos preguntarnos qué estamos dispuestos a tolerar.
¿Seguiremos aceptando que una obra pública sea utilizada como propaganda electoral?
¿Seguiremos aplaudiendo una inauguración mientras a pocos kilómetros hay escuelas esperando soluciones?
¿Seguiremos creyendo que gobernar consiste en anunciar obras?
¿Seguiremos confundiendo una fotografía con una gestión?
¿Seguiremos aceptando salarios que pierden frente al costo de vida mientras desde el poder se habla de crecimiento?
¿Seguiremos aceptando hospitales con necesidades mientras escuchamos discursos sobre una provincia modelo?
¿Seguiremos mirando para otro lado?
Y hay otra pregunta todavía más incómoda.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que el poder se reproduzca a sí mismo?
Porque quizás el problema no sea solamente Rovira.
Quizás el problema sea un sistema que aprendió a sobrevivir a los cambios de época, a los gobiernos nacionales, a las crisis y hasta al descontento social.
Un sistema que puede cambiar candidatos sin cambiar necesariamente la lógica del poder.
Entonces, si en 2027 vuelve a aparecer el mismo esquema con otra cara, ¿vamos a llamarlo renovación?
¿O vamos a tener la honestidad de reconocer que simplemente estamos votando continuidad?
Y mientras discutimos nombres, ¿qué pasa con la provincia real?
La Misiones de los barrios.
La Misiones de las colonias.
La Misiones del productor.
La Misiones del docente.
La Misiones del enfermero.
La Misiones del empleado público.
La Misiones del trabajador privado.
La Misiones de quien cobra y cinco días después ya no sabe cómo llegar a fin de mes.
Esa Misiones también vota.
Y quizás esté cansada de escuchar que todo está bien cuando su realidad dice otra cosa.
Por eso 2027 debería ser una elección incómoda.
Una elección en la que no solamente tengan que rendir cuentas los candidatos.
También nosotros.
Porque si después de veinte años seguimos votando igual, después no podremos sorprendernos de que las cosas continúen igual.
Si volvemos a votar con los ojos cerrados, no podremos quejarnos de lo que vemos después.
Si volvemos a olvidar, no podremos reclamar memoria.
Si volvemos a elegir por miedo, por comodidad o por una promesa de último momento, después no podremos preguntarnos por qué nada cambia.
La democracia también exige responsabilidad del elector.
Y quizás haya llegado el momento de decirlo sin vueltas:
el poder no se sostiene solamente desde arriba. También se sostiene desde abajo, cada vez que una sociedad acepta, justifica, olvida o vuelve a elegir.
Por eso, antes de preguntarnos qué candidato puede ganar en 2027, deberíamos preguntarnos qué sociedad queremos ser.
¿Una sociedad que se resigna?
¿Una sociedad que acepta?
¿Una sociedad que olvida?
¿O una sociedad capaz de mirar a los ojos al poder y preguntarle dónde está cada peso, cada obra, cada promesa y cada resultado?
Tal vez las vendas no tengan que caerse solas.
Tal vez tengamos que sacárnoslas nosotros.
Y ahí está el verdadero desafío.
No votar contra alguien.
No votar por bronca.
No votar por una dádiva.
No votar porque «siempre fue así».
Votar sabiendo.
Votar recordando.
Votar preguntando.
Votar comparando.
Votar con memoria.
Porque quizás el 2027 no defina solamente quién gobernará Misiones.
Quizás defina algo mucho más profundo:
si los misioneros finalmente entendimos que el poder no cambia porque los políticos quieran cambiarlo.
El poder cambia cuando el ciudadano deja de regalarle su voto.
Entonces, cuando llegue ese día y tengamos la boleta delante, habrá una última pregunta que nadie podrá responder por nosotros:
Después de veinte años, ¿vamos a volver a elegir lo mismo y después volver a quejarnos de lo mismo?
O esta vez…
¿vamos a hacernos cargo de nuestro voto?
Por Paola Wajtowichz
