EL FIN DE ALEGRAMED Y EL CINISMO DE UN PODER QUE SE LAVA LAS MANOS



Durante años nos vendieron la digitalización como un acto de modernidad bondadosa. Nos obligaron a descargar, usar y aplaudir Alegramed, la aplicación estrella de la salud pública misionera.

Nos dijeron que era para cuidarnos, para facilitarnos la vida, para estar más conectados. Pero detrás del marketing oficial y las sonrisas de cartón de los funcionarios, lo que latía era un gigantesco e impúdico negocio digitado desde las altas esferas del poder para facturar a costa de la salud de los misioneros.

Hoy, en medio de una escandalosa pelea de facciones por el manejo de la caja y el poder feudal, Alegramed deja de funcionar. El Gobierno provincial anuncia con liviandad que será reemplazada por una «app propia». Pretenden que nos olvidemos de todo, que hagamos borrón y cuenta nueva. Quieren lavarse la cara. Pero la memoria no se desinstala tan fácil como una aplicación fallida. 

Un negociado millonario con la salud pública
Durante años, cada vez que un ciudadano ingresaba, se registraba o intentaba conseguir un turno médico a los ponchazos a través de la plataforma, el Estado provincial desembolsaba una fortuna.

Las investigaciones y los pedidos de informes legislativos —cajoneados sistemáticamente por la aplanadora oficialista— revelaron lo que era un secreto a voces: la contratación de la app, ejecutada a través de la opaca vía del Parque de la Salud, implicaba pagos millonarios en dólares (estimados en torno a los 9 dólares por usuario registrado) para el empresario Augusto Marini (vinculado a Cale Group), un nombre permanentemente orbitado por los afectos y negocios del entorno del mandamás político provincial, Carlos Rovira. 

Hablamos de millones de dólares de los contribuyentes desviados hacia empresas privadas con la excusa de una digitalización que, en la práctica, funcionaba mal, se colgaba y dejaba a abuelos y familias sin atención real. Mientras en los hospitales públicos faltaban insumos, ambulancias y profesionales con sueldos dignos, los negociados tecnológicos florecían al amparo del poder político. Los mismos que hoy se rasgan las vestiduras firmaron, avalaron y aplaudieron este vaciamiento.

La ruptura de los mismos de siempre: se pelean por la caja, no por vos
El repentino cierre de Alegramed no responde a un repentino ataque de transparencia del gobernador Hugo Passalacqua, sino a la brutal interna política que fracturó al oficialismo provincial. La alianza feudal que gobernó Misiones durante más de dos décadas se rompió en mil pedazos. Passalacqua y su tropa rompieron amarras con Carlos Rovira, armando told aparte, sacándose las caretas y disputándose a los manotazos las cajas del Estado. 

Hoy nos quieren hacer creer que Passalacqua es opositor a su propio sistema, un justiciero que viene a sanear los negociados del rovirismo. ¡Puro teatro! Son exactamente los mismos. Compartieron gobierno, silencio, impunidad y complicidad durante años. Passalacqua fue parte vertebral del esquema que parió, financió y blindó a Alegramed. Ahora, en su guerra por el aparato y la supervivencia política de cara a lo que viene, deciden dinamitar el contrato de sus ex socios políticos, sacarle el negocio a los amigos del poder de turno y prometer una app estatal como si nacieran impolutos de un repollo.

El cinismo al palo

Pretenden que aplaudamos que «el Estado se hará cargo», como si el Estado no hubiera estado antes pagando sobreprecios millonarios por una aplicación que a miles de misioneros les servía de poco y nada. Nos usaron como conejillos de Indias para enriquecer a vivos atornillados al poder.

Que no nos mientan más. El cierre de Alegramed no es una victoria institucional ni una reivindicación sanitaria; es apenas el botín de guerra de una casta política que se despeña, se pelea por el botín y se reparte culpas. Misiones no necesita una nueva app corporativa para seguir encubriendo negociados: necesita justicia, transparencia y que dejen de jugar con la salud de los que menos tienen. Los de siempre se van acomodando; el pueblo, mientras tanto, sigue pagando los platos rotos.

Por Gaston Arotcharen, comunicador independiente