Escrito del diputado nacional libertario Diego Hartfield:
El ajuste duele. Nadie lo niega. Las universidades reclaman más fondos, los jubilados protestan, los sectores subsidiados sienten el golpe, los comercios piden a gritos que vuelva el revoleo de guita. Todo eso es real. Pero hay una pregunta que brilla por su ausencia en el debate público: ¿cuál es la alternativa?
Criticar es fácil. Lo difícil es explicar qué harías en el lugar del gobierno. ¿Más gasto? ¿Con qué financiamiento? ¿Déficit? ¿Y quién paga ese déficit? La respuesta, siempre, fue la inflación. Y la inflación no es un fenómeno sencillo de resolver, es el impuesto más cruel que existe, el que destruye el salario del trabajador y el ahorro del que menos tiene. La inflación es un lastre para las economías y una transferencia de dinero desde los sectores más vulnerables hacia los más ricos.
Lo curioso es que hasta el peronismo federal terminó reconociendo, en su documento del 1° de mayo, que sin orden macroeconómico no hay desarrollo sostenible. Todos lo saben. En privado, el diagnóstico es compartido. Lo que faltó siempre fue el coraje de pagarlo.
Porque este ajuste tiene algo que ningún ajuste anterior tuvo y es que se está haciendo sin violar la propiedad privada. El Plan Bonex confiscó depósitos. El 2001 defaulteó, pesificó, corraló, y esas cicatrices las tenemos bien presentes. Esos caminos fueron más fáciles en lo inmediato, pero dejaron una herida de desconfianza que Argentina pagó durante décadas. Nadie invierte donde no hay reglas. Este gobierno eligió el camino más difícil y decidió pagar cada cuenta, honrar cada contrato, reconstruir la credibilidad desde cero.
Milei hizo exactamente lo que dijo que iba a hacer. El problema no fue el mensajero sino que muchos no dimensionaron la magnitud del desorden heredado. Más de cien años de déficit fiscal en ciento veintiséis, nueve defaults, dos hiperinflaciones. No se corrige eso sin dolor.
Y mientras el debate se queda en el dolor, la realidad muestra que algo está cambiando. Las exportaciones están en máximos históricos. Vaca Muerta se consolida como un motor real de divisas. Argentina pasó de importar gas a exportar energía por primera vez en más de una década. El superávit fiscal es un hecho concreto, no una promesa. El riesgo país bajó sostenidamente. Sectores que estaban relegados durante años hoy están creciendo con fuerza.
La estabilidad está de moda, dice una nota reciente. Tiene razón. Todos la quieren. Nadie quiere pagar el precio. Pero detrás de ese precio hay una apuesta que va mucho más allá de la coyuntura y es la de construir un país ordenado, creíble y previsible que podamos dejarles a nuestros hijos. Y mientras tanto, los que critican el modelo siguen sin responder la única pregunta que importa: ¿qué proponés?
