Por el diputado nacional Diego Hartfield
Vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿por qué Argentina, con recursos naturales, gente capacitada y tierra fértil, creció apenas un 30% desde 1983 hasta hoy, mientras Chile creció más del 200% en el mismo período?
No es un misterio. Un Estado cada vez más grande, financiado con emisión, generó décadas de inflación que destruyeron algo básico: la confianza. Y sin confianza no hay inversión, no hay crédito y no hay crecimiento real.
La inflación no es solo un problema económico. Es, antes que nada, un problema de justicia. Cuando el peso pierde valor, los que tienen más se cubren comprando dólares, propiedades o mercadería. Los que menos tienen, no pueden hacer nada. La inflación termina siendo un impuesto silencioso que siempre le cobra más caro a los más vulnerables. No es casualidad que en 2023, después de décadas de ese modelo, más del 50% de los argentinos estuviera bajo la línea de pobreza.
En Misiones esto tiene una historia particular. Durante años la provincia tuvo una situación muy cómoda: frontera activa, moneda subvaluada y brasileños cruzando a comprar a precio de regalo. Eso generó movimiento y cierta sensación de prosperidad. Pero fue una prosperidad prestada donde mataron todos los incentivos. Nos acomodamos en esa ventaja y no hicimos lo que había que hacer: diversificar, exportar, apostar a sectores con futuro.
El resultado habla solo: hoy tenemos las mismas exportaciones per cápita que hace veinte años, cuando Argentina en ese período las duplicó y Paraguay las triplicó. Nos quedamos quietos mientras el mundo se movía.
Ese escenario terminó. Y no va a volver.
Entonces la pregunta real es: ¿qué hacemos ahora que el país está cambiando de modelo? ¿Lloramos intentando que vuelva el pasado? ¿Seguimos pidiendo que no se haga el ajuste que durante cuarenta años nadie quiso hacer? ¿O nos aggiornamos a lo que viene y empezamos a construir en serio?
Porque el camino que viene tiene lógica. Con estabilidad mejoran las expectativas. Con mejores expectativas bajan las tasas. Con tasas más bajas vuelve el crédito. Y cuando vuelve el crédito, la gente y las empresas pueden planificar, invertir y crecer. Hoy, por ejemplo, una persona puede empezar a pensar en comprar una casa en lugar de pagar alquiler toda la vida, sin necesitar un plan estatal que lo financiemos entre todos.
Menos impuestos y reglas claras no son un regalo para los ricos. Son las condiciones que necesita cualquiera que quiera trabajar, emprender o invertir. La riqueza no la genera el Estado administrando plata ajena, la generan las personas cuando tienen libertad para hacer.
Una sociedad más libre termina siendo una sociedad más rica. Y una más rica es, inevitablemente, una más inclusiva. No por decreto ni por programa, sino porque cuando la economía crece de verdad hay más trabajo, más oportunidades y más gente que puede salir adelante por sus propios medios.
Ese es el modelo que defendemos. No es el más fácil ni el más rápido. Pero es el único que funciona. Y para Misiones, que durante tanto tiempo vivió mirando hacia adentro y aprovechando ventajas que no iban a durar para siempre, es también la oportunidad de reinventarse y crecer en serio.
