ESA AMIGA DE FIERRO QUE ES LA IGNORANCIA

En nuestro país la pereza mental tiene estatura de política de estado. Cuando el filósofo Epicteto dijo que “Solo los educados son libres”, sabía bien de lo que hablaba. No hay que ser infectólogo para entender que si hay cien mil contagiados diarios de coronavirus, muchos no están vacunados. Pero muchos otros sí están vacunados. Son los que tienen el “esquema completo” pero que se contagian igual y desparraman el virus porque ya no se cuidan. Y el poder, en vez de machacar en que seguir usando barbijo y mantener la distancia social no son costumbres que ya puedan dejarse, eligió a los no vacunados para hacer lo de siempre: buscar un enemigo y echarle la culpa. Espantosa confusión que debe ser combatida con unas cuantas dosis de una vacuna que es muy antigua y que ya fue probada con mucho éxito: se llama Educación.

El estado debería explicarle con más ganas a los ya vacunados con dos o tres dosis que verán muy reducidas las chances de cursar los modos graves de la enfermedad, pero que se pueden contagiar igual. Está a la vista que hay demasiado vacunado que revoleó la chancleta, se sacó el barbijo, comparte el mate con el que venga, y se junta con sus amigos para hacer cosas parecidas al scrum del rugby.

Se extendió la peligrosa idea de que las vacunas acaban con el riesgo de infectarse. Y gobiernos como el nacional o el misionero, después de la paliza electoral que sufrieron, ya no se atreven a enfrentar a los atendibles intereses económicos de quiénes pretenden recuperar en el verano algo de lo que perdieron en todo este tiempo (¿el turismo es compatible con el coronavirus?)

¿Y qué se hace con los no vacunados? Entre ellos hay delirantes, claro, pero también hay personas con legítimos miedos que están saturados por la malaria económica y se encuentran ante una pandemia que no alcanzan a comprender del todo. Y deben hacerle caso a un sistema de salud capitaneado por quién fuera la segunda del ministro al que echaron por vacunar a sus amigos antes que al resto. Eso en un país cuyo Presidente participó de fiestas incumpliendo la cuarentena que él mismo impuso, mientras en Oberá, por ejemplo, a la gente no la dejaban enterrar a sus muertos. Con todo eso, ¿extraña que haya quién dude en vacunarse?

Urge pasar de un estado “patotero” a un estado “educativo”. Porque en vez de eso se decidió aplicar un pase sanitario, estimulando una discusión baladí. La medida consiste en que la esfera de lo público quedará reservada para quiénes se vacunaron dos veces y se siguen cuidando, pero también para quiénes se vacunaron dos veces y no se siguen cuidando. No hace falta haber cursado Inmunología para imaginar cómo termina eso.

¿Y los que aún contando con la adecuada información elijan no vacunarse? A esa gente no hay que mandarla al carajo, hay que persuadirla para que el conocimiento científico refute tanta barbaridad que circula. Y tienen el derecho de ir a la justicia si creen que su libertad se ve avasallada y será ese poder el que defina (¿por qué a algunos les molesta tanto el uso de la palabra “libertad”?). ¿Pero van a contagiar a los demás? Bueno, para que eso no pase es que están las vacunas, ¿no?

Debe ser que líderes como Alberto, Cristina, o Rovira, miran con cariño a la ignorancia porque es una vieja amiga a la que le deben casi todo lo que tienen. De modo tal que mucho interés en elevar el nivel de la enseñanza y el de los debates no se ve.

Dicen que fue Derek Bok, rector de la Universidad de Harvard, el que dijo “si la educación le parece cara, pruebe con la ignorancia”.

Estamos en eso.





Por Walter Anestiades