2.000 kms para ayudar a una escuelita en Misiones y a familias que nunca tuvieron luz

Casi 2.000 kilómetros de ruta. Dos provincias. Decenas de familias beneficiadas. Una escuelita rural que lucha por sobrevivir. Y una convicción: ayudar donde más se necesita.
Lo que comenzó como una amistad terminó convirtiéndose en una cruzada solidaria que unió a la ciudad bonaerense de Necochea con algunas de las comunidades más postergadas de Misiones.
Ramón Amarilla fue uno de los protagonistas de esta iniciativa que permitió llevar energía solar, mercaderías, ropa, calzado, útiles escolares y esperanza a familias rurales de Pozo Azul y El Soberbio.
La historia se remonta a noviembre de 2025, cuando Amarilla visitó Necochea para participar de una actividad vinculada al programa Activos por Vocación de Servicio. Allí conoció a El Tano Caffi, un encuentro que meses después daría origen a una acción concreta de ayuda social.
Hace apenas unos días, el teléfono sonó.
—»Ramón, el domingo salimos para Misiones»— le anunció Caffi.
Y así fue.
Junto a Goyo, Sebastián y Mauro, emprendieron un viaje de casi 2.000 kilómetros con un objetivo claro: llegar hasta donde muchas veces las soluciones tardan en aparecer.
Primera parada: una escuelita rural que espera respuestas
El primer destino fue el paraje Colonia San Isidro, en Pozo Azul.
Allí funciona una escuelita rural donde 34 niños de nivel inicial y primaria reciben apoyo escolar gracias al esfuerzo de vecinos, madres y voluntarios que sostienen el espacio mientras esperan la creación formal del Aula Satélite de la Escuela N.º 108 y la designación de un docente.
En ese lugar, el grupo instaló paneles solares que permitirán contar con iluminación y energía para cargar celulares, linternas y otros elementos esenciales.
Además, entregaron mercaderías, ropa, calzado y útiles escolares destinados a las familias de la comunidad.
La ayuda llegó a una escuela donde el compromiso de los vecinos mantiene viva la esperanza de decenas de niños.
Rumbo a El Soberbio
Tras finalizar las tareas en Pozo Azul, la comitiva continuó viaje hacia El Soberbio.
Luego de una larga jornada de ruta, llegaron alrededor de las 22 horas, donde fueron recibidos por Rubén Daluz y su familia, quienes les brindaron alojamiento y compartieron una cena antes de retomar las actividades al día siguiente.
Daluz había realizado previamente un relevamiento para identificar a las familias que más necesitaban asistencia.
Gracias a ese trabajo previo, durante la mañana siguiente pudieron concretarse nuevas instalaciones de energía solar en viviendas rurales.
Una luz por primera vez a los 69 años
Entre todas las historias que dejó la recorrida, hubo una que impactó especialmente a los voluntarios.
Una persona de 69 años podrá contar con iluminación en su hogar por primera vez en su vida.
Un gesto simple para muchos.
Una transformación enorme para quien pasó décadas sin acceso a algo tan básico como la electricidad.
Fue justamente esa realidad la que llevó a Ramón Amarilla a realizar una reflexión crítica sobre las necesidades que todavía persisten en distintos puntos de la provincia.
«Lamentablemente vivimos en la provincia startup, en la provincia modelo, pero pareciera que nunca se les cayó una idea para resolver problemas tan básicos de los misioneros», expresó.
Para Amarilla, resulta difícil comprender que todavía existan familias sin acceso a la electricidad y comunidades educativas que dependen exclusivamente del esfuerzo de vecinos y voluntarios para sostener espacios de apoyo escolar.
La satisfacción de ayudar
Más allá del cansancio, los kilómetros recorridos y los recursos invertidos, Amarilla destacó el valor humano de la experiencia.
«Uno se siente realizado cuando puede ayudar a alguien a salir de la oscuridad y darle una esperanza», afirmó.
También resaltó la generosidad de quienes viajaron desde Buenos Aires sin esperar reconocimiento alguno, impulsados únicamente por el deseo de ayudar.
La recorrida dejó imágenes difíciles de olvidar: niños recibiendo útiles escolares, familias emocionadas por la llegada de la ayuda, una escuelita rural con nueva iluminación y vecinos que pudieron encender una luz en sus hogares después de años de espera.
En tiempos donde muchas veces predominan las malas noticias, historias como esta recuerdan que todavía existen personas dispuestas a invertir tiempo, esfuerzo y recursos propios para tender una mano a quienes más lo necesitan.
Porque a veces la solidaridad recorre miles de kilómetros.
Y logra iluminar mucho más que una escuela o una vivienda.
Logra iluminar la esperanza.

Por Paola Wojtowichz