INSTRUCCIONES PARA DILAPIDAR UNA BUENA REPUTACIÓN EN MUY POCO TIEMPO

Como si estuviera perdido en tiempo y espacio, el alcalde de Oberá hizo declaraciones para contarnos que lo que pasó, no pasó. Que no es cierto que en tres meses sufrió dos derrotas en una tierra, que además de ser la suya, es la que administra. Su formación y sus años vividos ya deberían haberlo anoticiado de que cuando nos peleamos con la realidad, siempre gana la realidad.
Carlos Fernández llegó a la intendencia de la segunda ciudad más importante de Misiones a favor de su bien ganada reputación como médico y de sus buenos modales personales. Pero se ve que la política saca lo peor de uno. Porque a su rol de encubridor de los desaguisados de su antecesor Rindfleisch (que él mismo criticaba en campaña), le sumó una administración que tiene la prolijidad de lo inmóvil. Con un gabinete de jóvenes viejos, en el que incluyó a su propio hijo.
Aún así, fue reelecto por amplio margen para un nuevo mandato que ahora dejará por la mitad. Que kirchnerista sí, que kirchnerista no, en junio pasado consiguió ser el primer renovador que pierde un cargo ejecutivo electivo a manos opositoras en una ciudad importante, el de Defensor del Pueblo. La primera reacción desde su entorno, y uno es su entorno, fue argumentar que no había una derrota sino un “empate técnico” entre Rossberg y compañía y Bernhardt y compañía. Ahora, como cabeza de lista, perdió de nuevo en Oberá y además en la provincia. Su primera reacción fue decir que los medios nacionales confunden a los misioneros porque acá no se suman los votos y otras tonterías que evocan lo que pasa con los mensajes que recibe el personaje de Ethan Hunt en “Misión imposible”: se autodestruyen…
“Operari sequitur ese”, en latín “el obrar sigue al ser”, nos enseñó Santo Tomás de Aquino.
En política el apoyo que el pueblo da también lo quita. Y al revés.
Un día el médico pediatra Carlos Fernández decidió meterse en política.
Fue una mala noticia para la medicina.
Y una peor para la política.

Por Walter Anestiades