¿De verdad alguien cree que Rovira perdió el poder?



En Misiones quieren vendernos una novela de peleas, distanciamientos y pases de factura dentro de la Renovación. Que Hugo Passalacqua se plantó. Que Carlos Rovira ya no decide. Que ahora manda otro. ¿En serio?

Después de más de veinte años manejando cada resorte del poder político, judicial y administrativo de la provincia, pretenden que los misioneros crean que, de un día para el otro, el «amo» soltó la correa y el gobernador decidió caminar solo. Cuesta encontrar alguien que compre semejante relato.
Mientras tanto, Rovira guarda un silencio ensordecedor. El hombre que durante décadas opinó, definió candidaturas y movió los hilos de la política misionera hoy desapareció de la escena pública. Y ese silencio no despeja dudas: las multiplica.

Pero si alguien también eligió esconderse es el vicegobernador Lucas Romero Spinelli. Cuando la provincia necesita explicaciones sobre el rumbo político, la crisis interna y las decisiones del Gobierno, el segundo hombre de la provincia parece practicar el arte de no decir absolutamente nada. Un vicegobernador que no da la cara termina siendo un espectador privilegiado de un gobierno que hace agua.

La Renovación intenta mostrarse como un espacio renovado, pero sigue arrastrando los mismos vicios de siempre: personalismo, silencio, decisiones entre cuatro paredes y una dirigencia que habla únicamente cuando le conviene. Mientras ellos juegan a la interna, los misioneros siguen esperando soluciones para los salarios, la salud, la educación, la producción y el costo de vida.

Hoy quieren instalar que hay una pelea histórica. Puede ser. O puede ser otra puesta en escena para reciclar un modelo político desgastado sin cambiar absolutamente nada. Porque el verdadero cambio no se anuncia con operaciones de prensa ni con silencios estratégicos: se demuestra con hechos.
Los misioneros ya aprendieron que en política no alcanza con cambiar los nombres si los métodos siguen siendo los mismos. Si después de tantos años el poder continúa concentrado en el mismo círculo, entonces no hay renovación. Hay continuidad disfrazada de conflicto.

El problema ya no es quién manda. El problema es que, mientras ellos disputan el poder, nadie se hace cargo de la provincia. Y cuando los que gobiernan eligen el silencio antes que dar explicaciones, la única certeza que le queda a la gente es la desconfianza.

Por Paola Wajtowichz