El 25 de mayo de 1982 el Coventry recibió la orden de posicionarse en el Estrecho de San Carlos, acompañado por el HMS Broadsword . Su labor era atraer los aviones argentinos y alejarlos de la flota de invasión que estaba en aguas de la Bahía de San Carlos. En esta posición , cerca de la tierra, sin mucho mar entre el barco y tierra, sus misiles Sea Dart podrían ser menos efectivos. El HMS Broadsword estaba armado con misiles Sea Wolf que son antiaéreos de corto alcance y antimisil.
Al principio, la trampa funcionó, y el FAA A-4B Skyhawk C-244 del Grupo 5 de Caza fue derribado al norte de la Isla Pebble por un Sea Dart. El Piloto Capitán Hugo Angel del Valle Palaver murió. Más tarde un FAA A-4C Skyhawk , el C-304 del Grupo 4 de Caza desplegado en San Julián fue derribado al norte de la Isla Pebble por otro Sea Dart mientras retornaba de una misión en la Bahía de San Carlos.
El Capitán Jorge Osvaldo García se eyectó sin novedad pero no se recuperó desde el Océano. Su cuerpo fue encontrado en una playa de la Isla Golding en 1983. El compañero de García también fue derribado durante la incursión sobre San Carlos, por un misil Sea Cat del HMS Yarmouth (también fue reclamado por varios otros en el área incluyendo una batería de misiles Rapier), pero fue afortunado, y se eyectó para ser capturado, enfrente de varios grupos de periodistas acreditados.
Los dos barcos inmediatamente se encontraron bajo ataque de parte de A-4 Skyhawk de las fuerzas Argentinas, con dos aviones que transportaban bombas de 1000 libras . Esta carga fue posible debido a la proximidad de los dos barcos británicos a la Argentina continental. Los cuatro Skyhawks volaban tan bajo que el radar del HMS Coventry no pudo distinguir entre ellos y la tierra.
El Broadsword trató de hacer blanco en el primer par de atacantes (Capitán Pablo Carballo y Teniente Carlos Rinke) con su Sistema Sea Wolf de misiles, pero su sistema de rastreo se cayó durante el ataque y no pudieron encenderlo antes del lanzamiento de las bombas.
De las bombas liberadas, una reboto en el mar y golpeó la cubierta de vuelo del HMS Broadsword pero no explotó, destrozando el helicóptero del buque, un Westland Lynx.
El HMS Coventry reclamó haber alcanzado el segundo Skyhawk en la cola con fuego de armas livianas.
Un segundo par de Skyhawks (Primer Teniente Mariano A. Velasco y Alférez Leonardo Barrionuevo), se dirigieron al HMS Coventry 90 segundos más tarde a un ángulo de 20º a la proa. Sin lograr un enganche de sus misiles, el Coventry lanzó un misil Sea Dart en un intento de distraerlos y viró rápidamente en un intento de disminuir su perfil. En el HMS Broadsword el sistema Sea Wolf fue prendido nuevamente y estaba listo para enganchar los blancos, pero no pudo disparar porque el HMS Coventry había virado colocándose directamente en la línea e fuego.
El HMS Coventry es alcanzado
El HMS Coventry usó su cañón de 4.5 pulgadas y armas ligeras contra los blancos atacantes. Los cañones Oerlikon 20 mm fueron perturbados, dejando al barco sólo con la defensa de armas livianas y ametralladoras. El HMS Coventry fue impactado por dos bombas debajo de la línea de flotación por el lado de babor. Una de las bombas explotó dentro de la sala de computadores, destruyendo la sala de operaciones contigua, incapacitando a su plana mayor. La otra entró a la sala de motor delantero, explotando debajo del comedor donde estaba localizada la estación de primeros auxilios y el barco comenzó inmediatamente a escorarse a babor. El último impacto causó daño crítico como romper la barrera cortafuegos entre el motor anterior y posterior,exponiendo todo el buque a los incendios.
Dado el diseño del buque, con múltiples compartimientos a prueba de agua , estos impactos comprometieron completamente su supervivencia.
En 20 minutos, el HMS Coventry había sido abandonado y totalmente escorado. 19 marinos de su tripulación murieron y 30 heridos. El HMS Coventry se hundió poco después de esto.
El sitio del hundimiento es controlado y resguardado bajo el Acta de Protección de restos militares de 1986. Aproximadamente 8 meses después de que el Coventry se hundiera, un equipo de buceo de la Marina Real Británica practicó una búsqueda submarina de los restos que se encuentran a 100 metros de profundidad. Esta inspección fue nombrada «Operación Blackleg», y el objetivo era recoger documentación clasificada y mantener las armas perdidas a resguardo.
El equipo de buceo recupero muchos objetos personales del Capitán David Hart-Dyke y la insignia de batalla del buque, la cual sería entregada más tarde al nuevo HMS Coventry (F98), una Fragata del Tipo 22.

En la mañana del 25 de mayo, Día de la Patria, una nueva escuadrilla de aviones navales Super Etendards llevó a cabo otra de sus demoledoras incursiones de ataque. Uno de los peores desastres sufridos por las fuerzas británicas tendría lugar ese día: el hundimiento del portacontenedores “Atlantic Conveyor”.
Los pilotos designados para la misión fueron el capitán de corbeta Roberto Curilovic y el teniente de navío Tulio Barraza.
El primero se despertó ese día muy temprano y siendo noche cerrada todavía, se encaminó hacia el hangar donde se guardaban los aparatos que habrían de intervenir en la arriesgada incursión, para efectuar la correspondiente inspección. Hacía mucho frío y caía una persistente llovizna.

Aspecto del Atlantic Conveyor y su carga.
Eran las 07:30 horas cuando Curilovic comenzó a revisar exhaustivamente el aparato en el que habría de volar. Mientras lo hacía, no podía dejar de pensar en sus camaradas caídos, los capitanes de corbeta Alberto Jorge Philippi y Carlos Zubizarreta y el teniente de fragata Marcelo Gustavo Márquez, amigos y compañeros de armas caídos en acción.
Finalizada la supervisión, Curilovic se dirigió a la sala de pre-vuelo y al abrir la puerta vio a varios hombres, aviadores navales casi todos, hablando y planeando la misión.
A la hora señalada, los dos pilotos, seguidos por el personal técnico especializado y algunos colegas, se dirigieron a sus aviones. Cosa curiosa, el caza del capitán Curilovic era el 0753/3-A-203, el mismo utilizado por el teniente de fragata Armando Mayora, el 4 de mayo, durante el ataque que acabó con el “Sheffield”.
Cuando Curilovic y Barraza se hallaban en sus cabinas, supervisando los controles y efectuando las últimas verificaciones, se les comunicó desde la torre de mando que el Hércules cisterna de la FAA que debía reaprovisionarlos, no estaba disponible aun, razón por la cual, la misión fue pospuesta. Recién a las 14:30Z horas (17:30 hora argentina) los aviones carretearon hasta la cabecera de la pista y poniendo máxima potencia despegaron sin problemas, Curilovic con el indicativo “Tito” y Barraza con el de “Leo”. Bajo una de sus alas, llevaba cada uno un mortífero “Exocet”.
El reaprovisionamiento aéreo se concretó sin inconvenientes y una vez finalizado, los aviones enfilaron hacia el este. Cuando se hallaban a 150 millas del blanco descendieron a una altura cercana a los 10 mts del nivel del mar a los efectos de no ser detectados. Mientras avanzaban hacia el objetivo, los aviadores procedieron a estabilizar sus unidades, preparando el sistema de tiro para lanzar los misiles.
Al llegar al punto acordado oportunamente (cuando se planeó la misión), efectuaron una primera exploración de radar comprobando, para su sorpresa, que los blancos se encontraban en la posición indicada. Se detectaron dos barcos de gran porte y uno más pequeño, al noreste de las islas, lo que coincidía con la información brindada desde Río Grande.
A partir de allí, el sistema comenzó a transmitir los datos automáticamente al calculador de navegación de cada Exocet, actualizando permanentemente los movimientos y velocidad de los blancos señalados, a los efectos de que el impacto, una vez efectuado el disparo, fuese preciso. Se eligieron los buques de mayor envergadura.
Los aviones volaban a unos 200 metros uno del otro y se hallaban a 31 millas del objetivo cuando los pilotos oprimieron los pulsadores y dispararon los misiles.
Los Exocet se desprendieron, cayeron hacia el mar por espacio de breves segundos, encendieron sus impulsores e iniciaron su vertiginosa trayectoria. Eran las 16:32.
En las unidades navales británicas hubo una alerta seis minutos antes del impacto y de inmediato entraron en funciones todas las medidas anti misiles.
El radar del “Ambuscade” detectó a los ultrasónicos jets argentinos en el momento en que ambos, lanzaban sus “peces voladores” de procedencia francesa.
Los británicos lanzaron sus chaffs y de las cubiertas despegaron varios helicópteros con sus equipos especiales para interferir radares y cohetes. Sin embargo, esas medidas de nada sirvieron ya que el Exocet de Curilovic impactó de lleno en el “Atlantic Conveyor”, perforando su gigantesca estructura y estallando en su interior con infernal violencia (16:35).

El gigantesco portacontenedores inglés, que funcionaba como virtual tercer portaaviones de la flota, comenzó a incendiarse rápidamente. El capitán Michel Layard, oficial naval superior a bordo, se desesperó al pensar en la preciosa carga que el buque transportaba. Justamente en pocas horas debía dirigirse a San Carlos para iniciar su desembarco. A viva voz ordenó a los equipos contra incendio de la cubierta superior que evitasen a toda costa que las llamas alcanzasen tanto a los Wessex y los Chinooks como al resto del material transportado, pero ya era tarde; los helicópteros, las carpas, los repuestos para los Harriers, una planta potabilizadora de agua, los elementos de una pista desplegable y el resto del equipo destinado a las tropas de tierra comenzaron a achicharrarse de a poco en un infierno de fuego. Fue uno de los peores desastres sufrido por los británicos durante la guerra

Ni bien dispararon sus misiles, Curilovic y Barraza viraron hacia la izquierda y se alejaron rumbo al continente. Su misión había concluido, dejando atrás un verdadero infiernos con una docena de muertos (entre ellos el mismo capitán John Hurd, comandante del “Atlántic Conveyor” y veterano lobo de mar de la flota mercante británica), numerosos heridos y gran cantidad de náufragos boyando sobre balsas, en espera de ser rescatados por los equipos especiales.
Mientras los Super Etendards regresaban a Río Grande, bien pegados al agua (a causa de los chubascos se habían perdido de vista uno al otro por unos instantes), el fuego, el calor sofocante y el humo, se adueñaron rápidamente del buque que, al cabo de un tiempo, se partió en dos y se fue a pique junto a su valiosa carga.
Los pilotos de la Armada Argentina aterrizaron en Río Grande sin inconvenientes, después de recorrer 3000 kms en una de las más impecables y profesionales misiones de la guerra y al descender de sus máquinas, un mar de abrazos y palmadas los envolvió, entre gritos de alegría y vivas a la Patria. La fuerzas británicas habrían de sentir aquella pérdida y su campaña se retrasó más de lo esperado ya que, al no contar con tales implementos, se vieron forzadas a detener momentáneamente su avance
