POR QUÉ NO HAY QUE SALIR CORRIENDO A SANCIONAR UNA LEY DE EMERGENCIA CREDITICIA



Por Diego Hartfield, diputado nacional

Cuando surge un problema, la tentación política es siempre la misma: sacar una ley de emergencia que dé la sensación de que se está haciendo algo. El problema es que esa sensación muchas veces termina destruyendo exactamente lo que intentaba proteger.

La ley de alquileres, para citar un ejemplo, fue una ley que quiso traer un beneficio y terminó perjudicando a todos. Techos a los aumentos, contratos a tres años con regulaciones hasta en la actualización de precio, que se carcomía por la inflación. Como consecuencia los propietarios arrancaban a cobrar más alto de entrada para defenderse, se iban a Airbnb o directamente dejaban el inmueble vacío. Menos oferta, más precio, los más perjudicados fueron exactamente los que se quería beneficiar. Cuando se derogó, la oferta creció más del 200% y los precios reales bajaron. Ojo con las causas nobles en las leyes.

El debate sobre morosidad en tarjetas y créditos personales corre el riesgo de repetir ese mismo error.

Escuché mucho hablar en comisiones del problema del endeudamiento y que hay 20 millones de endeudados. Como bien dice la ontología del lenguaje, primero están las palabras, y tenemos que cambiar desde las palabras. Pensar que el “endeudamiento” es un problema es un grave error y fue lo que siempre destruyó nuestro crédito, cuando decían que había que «vivir con lo nuestro» o que el mercado de capitales es para la «timba financiera». El problema que estamos debatiendo es la MOROSIDAD, y son dos cosas completamente distintas. Argentina tiene niveles bajísimos de crédito como porcentaje del PBI, de los más bajos de la región. El crédito se triplicó durante la gestión de Milei y sigue siendo insuficiente comparado con cualquier país medianamente desarrollado.

Declarar de orden público (como leí por ahí en algunos proyectos opositores) un programa que abarque a casi todo el mercado se impone sobre contratos que dos privados firmaron libremente, sin que ninguna de las partes lo haya pedido. ¿Qué hace el sistema financiero cuando no puede confiar en que las condiciones pactadas se van a respetar? Lo mismo que hizo el propietario con la ley de alquileres: se defiende subiendo la tasa. Y a quien más perjudica una tasa más alta es a los sectores con menor capacidad crediticia, los más vulnerables, exactamente los que se dice querer proteger.

A eso se suma el riesgo moral. Un deudor que sabe que existe una salida garantizada por ley evalúa menos su capacidad de pago antes de endeudarse, y quizás le conviene estratégicamente dejar de pagar. Eso también sube las tasas. Y entonces viene la siguiente vuelta: regular la tasa para que no suba. Pero la tasa no es un capricho de quien presta. Es la consecuencia de un mercado financiero que durante décadas fue desguasado, con una moneda super volátil por la inflación, donde el riesgo de prestar era altísimo por la desconfianza de décadas de incumplimientos. Si la regulamos artificialmente, sacamos a los prestadores formales del mercado. Y los sectores vulnerables que siguen necesitando crédito van al circuito informal, sin ningún tipo de protección. Eso fue exactamente lo que pasó cuando dejaron el país en 2023 con solo el 5% del PBI de crédito, lo que significa básicamente que una persona tiene que ahorrar 20 años para comprarse un departamento en vez de acceder a un crédito como lo hacen en cualquier país desarrollado del mundo.

La buena noticia es que el mercado ya está resolviendo el problema y hay que dejar que lo siga haciendo. Y la mejor prueba es que en las propias comisiones, los agentes financieros pedían simplemente que la gente atienda el teléfono, porque están llamando para reestructurar. Las condiciones financieras de hoy son mucho mejores que cuando se tomó esa deuda. El programa de créditos hipotecarios es un claro ejemplo: ante la poca capacidad de los bancos de captar depósitos a largo plazo, el FGS salió a prestar a cinco años protegidos por inflación y le dio una liquidez al sistema que hoy empieza a dar muy buenas señales de demanda. Eso se nota en la baja de tasas: los bancos compiten y bajan sus tasas ante la demanda.

Ya vimos qué pasa cuando el Estado dice «yo te fijo el precio». Lo vimos con la energía, lo vimos con los alquileres. Confiemos en el sistema de precios. Nuestro mercado de crédito es un niño que está aprendiendo a caminar, es lógico que sufra caídas. Lo importante es seguir por este camino.