Por Walter Anestiades
Este último 6 de abril se cumplieron treinta y dos años de un hecho bisagra en la historia moderna argentina: el cuerpo sin vida del soldado Omar Octavio Carrasco, nacido en Neuquén hacía 20 años, fue encontrado oculto en las instalaciones del Regimiento del grupo de Artillería 161 en Zapala, ahí en su Neuquén natal. Lo habían matado hacía un mes y lo escondieron. Y a la familia le dijeron que era un “desertor”. Carrasco había entrado al regimiento en marzo a hacer la “colimba” (corre, limpia y barre) y a los tres días lo mataron a golpes. La muerte de Carrasco terminó con el servicio militar obligatorio, que en la Argentina regía desde 1901. Por decreto del presidente Menem, en agosto del 94, se derogó.
Como suele pasar, en la Argentina primero alguien tiene que sufrir para que tomemos conciencia de algo. La “colimba” no servía para lo que decían que servía. La vida de una persona es un precio demasiado alto.
Se pregunta Borges en uno de sus poemas: “Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue”.
Hoy Carrasco tendría algo más de cincuenta años. ¿Dónde estará su vida, la que pudo haber sido y no fue?
