El guardaparque que convirtió la memoria de Mbororé en una causa colectiva

Por Paola Wajtowichz

Hay historias que no empiezan en un escenario, ni en un acto, ni en una fecha conmemorativa. Empiezan mucho antes, en el silencio de una lectura, en una inquietud persistente, en una necesidad que crece con los años. La Serenata a Mbororé —uno de los eventos culturales más significativos de Misiones— es el resultado de ese proceso sostenido en el tiempo. Y en el centro de esa historia está Miguel Ángel Azarmendia.
Nacido en 1962, posadeño, guardaparque provincial desde hace más de treinta años, Azarmendia ha dedicado su vida al cuidado del patrimonio natural, pero también a la construcción cultural de la provincia. Desde hace más de veinticinco años recorre el camino de las letras, siendo cofundador de espacios literarios, participante activo de encuentros de escritores y parte de la Sociedad Argentina de Escritores, donde se desempeñó como secretario durante siete años.
Integrante del grupo de escritores de San Ignacio, impulsa además, cada 19 de febrero, el homenaje a Horacio Quiroga, junto con un concurso literario que hoy coordina, convocando a autores, jurados e instituciones en un trabajo colectivo que mantiene viva la literatura regional. Autor de cuentos, poesías y sonetos, tiene una obra publicada y varios libros inéditos que esperan ver la luz.

Ese recorrido, marcado por la constancia y el compromiso, encontró un punto de inflexión cuando fue destinado al Paisaje Protegido Cerro Mbororé. Allí, la historia dejó de ser relato para transformarse en presencia. El contacto cotidiano con el lugar donde se libró la batalla lo llevó a comprender que no solo se trataba de preservar un espacio natural, sino de recuperar una memoria.
Porque la batalla de Mbororé no es un hecho menor: fue clave para frenar el avance de los bandeirantes y proteger a los pueblos originarios de la región, marcando un antes y un después en la historia del territorio.

Con esa convicción, y junto al acompañamiento del intendente de Panambí, Rosendo Fuchs, y del entonces ministro de Cultura de Misiones, Joselo Martín Schuap, además de otros actores institucionales, comenzó a gestarse la Serenata a Mbororé: una propuesta cultural que busca resignificar el hecho histórico a través del arte.
Durante la ceremonia realizada el 1° de marzo, el evento tuvo momentos de profunda carga simbólica. La jornada se inició con una invocación religiosa a cargo del diácono Carlos Suárez y continuó con una reflexión histórica del historiador Pablo Camogli, quien destacó la relevancia de Mbororé en la defensa de los pueblos originarios y su impacto en el freno a los ataques bandeirantes.
Luego, tanto Fuchs como Schuap hicieron hincapié en la necesidad de sostener la memoria histórica del lugar, entendiendo que la identidad de un pueblo también se construye desde el reconocimiento de su pasado.

La velada continuó con presentaciones artísticas que dieron vida al espíritu de la jornada. Participaron Ezequiel Garrido, Karoso Zuetta, Nerina Bader y Luna de la Rosa, junto al Ballet Municipal “Sueños de mi Patria”, el cantante y recitador Eduardo Sánchez y un colectivo de escritores convocados por el propio Azarmendia. El cierre musical estuvo a cargo del grupo Generación Misionera.
Uno de los momentos más emotivos fue el homenaje al gran músico y compositor Ramón Ayala. Estuvo presente su esposa, María Teresa Cuenca, y la Agrupación “La Melchora” interpretó la emblemática canción Canto al Río Uruguay, generando un clima de profunda conexión con la identidad litoraleña.

En ese mismo marco, se incorporó una nueva obra al lugar: un cuadro que representa a uno de los padres jesuitas que acompañaron a los guaraníes durante la batalla, realizado por el artista y docente Eduardo Sánchez, sumando así una nueva pieza al patrimonio simbólico del sitio.

El propio intendente Fuchs recordó que el centro de interpretación comenzó a desarrollarse hace aproximadamente diez años, en el marco de los 375 años de la batalla. En aquel entonces, el lugar contaba únicamente con el peñón histórico y los mástiles de las banderas de Misiones y de la Argentina. Con el tiempo, ese espacio fue creciendo hasta convertirse en una reserva natural de paisaje protegido de más de 50 hectáreas.

Hoy, el sitio cuenta con un centro de interpretación que funciona como un pequeño museo con imágenes y textos sobre la batalla, además de un sendero interpretativo y un monolito que simboliza una lanza guaraní, consolidándose como un espacio de memoria, aprendizaje y encuentro.

Nada de esto es casual.

Detrás de cada escenario, de cada artista, de cada palabra dicha en una noche como esa, hay un trabajo silencioso, persistente, muchas veces invisible. Hay gestión, hay compromiso, hay convicción.

Y ahí es donde vuelve a aparecer la figura de Miguel Ángel Azarmendia.
No como protagonista buscado, sino como motor de una idea que creció con el tiempo. Como alguien que entendió que la historia no se defiende sola, que necesita ser contada, resignificada, vivida.
Pero, sobre todo, como alguien que tiene claro hacia dónde mirar.
Porque para Azarmendia el verdadero desafío no está solo en recordar, sino en trascender. En lograr que esa historia llegue a los jóvenes, que no quede atrapada en los discursos o en los actos formales, sino que cobre vida en ellos.

Él lo entiende con una lucidez simple pero profunda: si la memoria no emociona, se pierde. Y si no logra interpelar a las nuevas generaciones, deja de tener futuro.
Por eso apuesta a la cultura como puente. A la música que conmueve, a la palabra que despierta, al arte que conecta. Porque sabe que ahí, en ese cruce entre emoción e identidad, puede encenderse algo duradero.
Llegar a los jóvenes no es solo una intención: es una urgencia.
Porque en ellos está la continuidad de la memoria. En ellos, la posibilidad de que Mbororé no sea solo pasado, sino también presente y futuro.
Y quizás ahí radique el verdadero sentido de todo este esfuerzo: que cada nueva generación pueda reconocer en esa historia una parte de sí misma… y decidir, también, defenderla.