El gobernador Hugo Passalacqua volvió a calzarse el casco y posar sonriente sobre un nuevo puente. Esta vez, en el paraje La Corita, camino a Caá Guazú, donde encabezó la inauguración del flamante puente de hormigón sobre el arroyo Santa María, financiado —según el parte oficial— con fondos “íntegramente provinciales” y enmarcado dentro del programa “100 Puentes”.
El relato gubernamental repite su libreto: obra “sencilla pero de enorme valor”, “unión de la familia misionera”, “esfuerzo compartido entre vecinos y Gobierno”. Palabras correctas, emotivas, pero vacías cuando se contraponen con la otra cara de la realidad provincial: las obras demoradas, las estructuras provisorias eternas y la infraestructura rural que se cae a pedazos.
Porque mientras Passalacqua corta cintas y repite discursos, el puente sobre el arroyo Pindaytí, en la Ruta Provincial 2, lleva más de tres años entre anuncios, parches y promesas. Allí, el Gobierno tuvo que recurrir en 2022 a un puente militar provisorio, montado con la colaboración del Ejército Argentino, con capacidad reducida para tránsito liviano y sin condiciones para el transporte productivo pesado.
Tres años después, la obra definitiva sigue sin concluirse. El paso apenas resiste camiones chicos y, en época de crecidas, la zona queda aislada. Los productores forestales, yerbateros y ganaderos siguen perdiendo tiempo, dinero y oportunidades.
Pero claro, ese puente no ofrece buena foto. No tiene corte de cinta, ni banderita, ni aplauso en redes.
📉 De “100 Puentes” a 283: la matemática de la propaganda
El Gobierno se jacta de haber habilitado 283 puentes en Misiones. Pero el número, lejos de impresionar, plantea preguntas:
¿Dónde están esos puentes? ¿Cuál es su calidad? ¿Cuántos están realmente terminados y operativos? ¿Y cuántos son obras pequeñas, reemplazos de estructuras de madera que se caían a pedazos, maquilladas como logros mayores?
El programa “100 Puentes” nació como un plan de infraestructura vial modesto y necesario. Sin embargo, se transformó en una máquina de marketing político, donde cada estructura inaugurada se usa como símbolo de gestión eficiente, mientras los problemas estructurales —como el Pindaytí— se ocultan debajo de la alfombra de cemento.
El Pindaytí: símbolo de la desidia
El puente sobre el arroyo Pindaytí es más que una obra demorada: es el espejo de la ineficacia estatal y la indiferencia hacia el interior profundo de Misiones.
En julio de 2022 se firmó el convenio para construir el nuevo puente, con un plazo de ejecución de 12 meses. Pasaron tres años. Hubo habilitaciones provisorias, notas de prensa triunfalistas y silencios. La gente de la zona, mientras tanto, siguió esperando.
En 2023, la propia Dirección Provincial de Vialidad admitió que el paso solo soportaba vehículos de hasta 10 toneladas. ¿Qué producción puede moverse con eso en una provincia que vive del transporte forestal, yerbatero y ganadero?
El contraste con La Corita es obsceno: mientras se invierte para mostrar un puente funcional y políticamente rendidor, el Pindaytí sigue simbolizando el abandono.
Es el ejemplo perfecto de cómo se gestiona: priorizar lo visible, lo que da prensa, lo que sirve para el acto y el titular; postergar lo estructural, lo que no da votos pero sostiene al que produce.
El discurso de la “unidad misionera”
Passalacqua insiste en hablar de “la unión de la familia misionera”. Pero esa “familia” no es tan unida cuando los caminos del norte siguen siendo de tierra, cuando las rutas rurales se inundan y cuando los productores deben rogar por un paso que no se hunda bajo sus ruedas.
Hay una grieta profunda entre la Misiones que aparece en los comunicados oficiales y la que se pisa con botas en el barro.
La “unidad” que Passalacqua invoca se parece más a una puesta en escena que a un proyecto real de desarrollo equitativo. Porque donde hay fotos, hay cemento; donde no hay prensa, hay espera.
Puentes o parches
La política misionera parece haberse especializado en construir puentes simbólicos más que estructurales. Los puentes reales —como el del Pindaytí— siguen esperando su turno, mientras los simbólicos, los del relato, se multiplican en cada discurso.
Passalacqua hereda y perpetúa un estilo de gestión que confunde obra pública con propaganda, y planificación con oportunismo.
Misiones necesita caminos transitables, no más actos inaugurales. Necesita continuidad, mantenimiento, transparencia en licitaciones y plazos cumplidos.
Porque un puente que se inaugura mientras otro se cae no une: divide.
Por Paola Wojtowichz
