Por Paola Wojtowichz
Dolor, bronca y miedo. Son los tres sentimientos que hoy dominan al barrio Schuster, donde desde hace semanas los vecinos viven una verdadera pesadilla: alguien está envenenando animales de manera sistemática, dejando un saldo de ocho perros y al menos diez gatos muertos, aunque se sospecha que podrían ser más.
Canela, Lolo, Frica, Rocco y Arcoiris son algunos de los nombres de las víctimas. Eran más que mascotas: eran compañeros fieles, parte de familias que hoy sienten impotencia y tristeza ante tanta crueldad.
El envenenador actúa en la zona comprendida entre las manzanas O, M, N y Ñ, según relató el vecino Gabriel Balbuena, quien casi pierde a su perro Homero. “Se salvó de milagro. Le aplicaron once inyecciones y todavía tiene secuelas”, contó con angustia.
En distintos patios y baldíos los vecinos hallaron trozos de carne con veneno, cebos capaces de matar en minutos o incluso poner en riesgo la salud de los niños que juegan al aire libre.
“En el grupo del barrio hubo una discusión y alguien dijo que iba a matar a los gatos… y después empezaron a aparecer muertos”, relató una vecina, entre el miedo y la indignación.
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Denuncias realizadas y pedido de acción inmediata
Los vecinos confirmaron que ya realizaron las denuncias correspondientes y que aguardan el accionar de la Policía y de las autoridades competentes para que se investigue y se identifique al responsable.
Hasta el momento, no hubo respuestas concretas ni patrullajes preventivos en la zona, lo que aumenta la sensación de inseguridad y desprotección.
La comunidad de Schuster vive con un temor constante. Nadie se anima a dejar salir a sus perros o gatos, y muchos mantienen a sus mascotas encerradas día y noche por miedo a que también sean víctimas del envenenador.
“El barrio está lleno de tristeza. Nos quitaron la tranquilidad y nadie hace nada”, expresó otra vecina.
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Un pedido urgente de justicia y conciencia
Este caso no puede quedar impune. Los vecinos exigen una investigación seria, medidas preventivas y sanciones ejemplares para quien sea responsable de estos hechos aberrantes.
Cada animal envenenado representa una herida abierta en la comunidad, una muestra de que la violencia no distingue especies. El dolor de las familias es profundo: para muchos, estos animales eran su única compañía, parte de su rutina, sus guardianes y su refugio emocional.
En cada casa del Schuster hay una historia que duele: un perro que no volvió a ladrar, un gato que ya no aparece en la ventana. Son pérdidas que dejan un vacío enorme.
El envenenador no solo arrebató vidas: robó afecto, confianza y alegría. Su accionar no es solo un delito contra los animales; es un ataque directo a toda la comunidad, que hoy vive con miedo, desconfianza y dolor.

