El dólar flota, pero los relatos se hunden

Por Daniel Orloff

Por años nos dijeron que un país serio no puede tener cepo. Que liberar el dólar era condición necesaria para crecer y dejar de vivir con un paralelo marcando el pulso de la economía. Javier Milei asumió con esa promesa y cumplió: el dólar flota dentro de bandas, sin controles absurdos, con un piso y un techo móviles. ¿Resultado? La narrativa se dio vuelta como una media.

Primero, los mismos que pedían libertad cambiaria empezaron a decir que el dólar estaba “planchado artificialmente” por Caputo. ¿Cómo, si está libre? Nunca lo explicaron. En Misiones, los exportadores como los madereros y los tealeros salieron en fila a llorar porque el dólar no subía al ritmo de sus expectativas. Querían el libre mercado… pero con tipo de cambio a medida.

Después vino la suba: el oficial trepó a más de $1.380, el paralelo quedó por debajo, y todos corrieron a decir que se acababa el mundo. Los medios titulaban como si estuviéramos en 2001. En paralelo, proveedores subieron precios un 9 % sin justificación. Los 0 km aumentaron hasta 12 %. ¿El dólar sube? Mal. ¿El dólar baja? También mal. ¿Entonces?

Y ahora, con el paralelo en $1.330 y el oficial en $1.372, nadie dice nada. Nadie habla de reducción de precios. Nadie festeja que el paralelo está debajo del oficial. Apenas unas menciones a supermercados que rechazaron aumentos sin sentido. El barco Argentina sigue navegando, el dólar flota, y los opinólogos se marean con cada ola.

La verdadera tragedia no es económica, es discursiva. Los econochantas cambian de opinión cada semana. Y los medios, siempre listos para sembrar pánico, se alimentan de contradicciones. Mientras tanto, Milei (con todas sus imperfecciones) logró lo que decían imposible: liberar el dólar sin que explote todo. ¿No era eso lo que pedían?

Pero claro, cuando el mercado es libre, muchos quedan expuestos. Algunos preferían el caos para seguir vendiendo humo.