Diego Hartfield, diputado electo por La Libertad Avanza, salió a hacer gala de su ignorancia y cinismo en redes sociales al criticar el aumento de las jubilaciones, argumentando que una de las fuentes de financiamiento “pone en riesgo a las pymes”. El ex tenista devenido en libertario de ocasión parece haberse olvidado que no está jugando un ATP en Europa, sino en Misiones, una provincia donde miles de jubilados viven con menos de lo que cuesta un kilo de carne.
Lo más grave no es que hable sin entender. Lo más grave es que naturalice el ajuste a los sectores más vulnerables mientras defiende a un puñado de empresarios que —según su lógica— quedarían “en riesgo” por tener que aportar un poco más para sostener a quienes laburaron toda la vida. Porque claro, para él, el problema del país no es la fuga de capitales, la evasión fiscal o la bicicleta financiera. El problema, dice, es que el abuelo cobre un mango más.
Y cuando el periodista Jorge Rial lo despabiló con un “levantate de la cama, parásito”, no hizo más que decir lo que muchos pensamos.¿Qué proyecto presentó? ¿A qué poder se enfrenta? ¿Qué propuesta concreta tiene para las PyMEs o para los jubilados? Nada. Solo repite frases de manual libertario con tono de influencer, mientras el país se incendia y los misioneros la pelean con el agua al cuello.
Hartfield no es más que otro producto decorativo de la política-espectáculo, donde lo importante no es transformar la realidad, sino buscar likes. Vino a “tirar verdades”, pero no resiste una repregunta. Vino a gritar “libertad”, pero ya pacta con la Renovación. Vino a decir que defiende al laburante, pero vota contra el que se jubila con una mínima de hambre.
En resumen: Hartfield representa lo peor del oportunismo político. Un tipo que no entiende el país real, que no pisa una PyME, que no visita un barrio, y que jamás va a saber lo que es sobrevivir con una jubilación mínima. Pero igual se sube al pedestal, da cátedra y desprecia a los que menos tienen. Eso no es liberalismo: es miseria moral.
Ahora bien, también es cierto que hubo clientelismo, y que durante años se usaron las jubilaciones como herramienta electoral. Y también es verdad que hay personas que aportaron 30 o más años y hoy cobran lo justo o incluso menos. Pero el problema no es el pobre que cobra una mínima sin aportes: el verdadero escándalo es que incluso muchos de los que sí aportaron toda su vida —trabajadores formales, empleados públicos, laburantes con recibo— también terminan cobrando la mínima. Es decir, aportaron como manda la ley y aún así reciben una jubilación de miseria. Eso debería indignar más que cualquier plan social.
El sistema previsional no castiga solo al que no pudo aportar. También castiga al que lo hizo y termina igual de pobre. Porque el verdadero problema no es el changarín ni la empleada doméstica que cobraron una jubilación por moratoria. El problema es que durante décadas la política y el empresariado precarizaron, informalizaron y destruyeron la estructura laboral, y hoy pretenden culpar a las víctimas por los resultados.
La solución no es enfrentar al que aportó contra el que no pudo. La solución es que el Estado garantice empleo registrado desde el primer día, con aportes reales y previsión social. Y, sobre todo, que empiecen a pagar los que se la llevaron con pala durante décadas: bancos, grandes empresas, evasores seriales y políticos corruptos con, además, jubilaciones de privilegio.
Mientras Hartfield y los suyos intentan dividirnos entre jubilados “de primera” y “de segunda”, los de arriba —los de siempre— siguen intactos. No tocan sus privilegios, no pisan un barrio, no entienden el hambre. Usan el mismo discurso de siempre, pero con cara nueva, zapatillas caras y tono de influencer.
Hartfield no vino a cambiar nada. Vino a acomodarse. Porque cuando no tenés la dignidad de defender al más débil, terminás siendo funcional al más fuerte. Y eso, en política, no es novedad: es cobardía con wifi.
Paola Wojtowichz – Docente
