Por Paola Wojtowichz
Escuchar al gobernador Passalacqua hablar de diálogo, concordia y de dejar atrás “odios larvados” mientras reivindica que el Gobierno de Misiones “siempre se va a plantar para defender los intereses del pueblo misionero” suena, cuanto menos, contradictorio con la realidad palpable que vive nuestra provincia. Porque si de intereses del pueblo hablamos, ¿de qué pueblo exactamente estamos hablando? ¿Del que atraviesa rutas destruidas como la del Pindaytí? ¿Del que sobrevive con salarios estatales por debajo de la línea de pobreza? ¿O del pueblo al que no se le escucha cuando protesta porque no puede más?
La frase “las nuevas generaciones nos están mirando” es poderosa, pero también debe ser sostenida con hechos. ¿Qué ven esas nuevas generaciones cuando miran? ¿Ven una dirigencia política que se mantiene en el poder hace más de 20 años? ¿Ven cómo se aplauden discursos que apelan a la poesía de Borges mientras los hospitales no tienen insumos básicos? ¿Ven concordia en una provincia donde cualquier disenso es señalado como traición o donde se persigue a quienes marchan?
Hablar de “amor, fraternidad y respeto” está muy bien en el papel, pero eso no puede ser un velo para no discutir lo profundo: el modelo de poder concentrado, la ley de lemas, la falta de alternancia, la precarización de trabajadores estatales y de la educación pública, el clientelismo enquistado, y la falta de planificación estructural. Porque si de verdad queremos construir una Misiones más justa, hay que hablar también de lo que duele, no esconderlo detrás de un tono amable o poético.
Y cuando el intendente Sebely dice que hay que “sacarse las banderas políticas y ponerse la celeste y blanca”, habría que recordarle que en esta provincia es justamente la política partidaria oficialista la que ha hecho del Estado una herramienta de perpetuación del poder, y no un garante de igualdad.
Además, no es menor el hecho de que este discurso se dé precisamente el 9 de julio, Día de la Independencia. Una fecha que conmemora la libertad de un pueblo que decidió dejar de ser súbdito para convertirse en protagonista de su destino. Qué importante sería hoy poder pensar una independencia real de este modelo misionerista que se ha perpetuado por décadas, con los mismos nombres, los mismos métodos, las mismas promesas incumplidas. La verdadera independencia en Misiones sería poder elegir sin trampas, sin estructuras clientelares, sin miedo, sin condicionamientos. Poder soñar con una provincia plural, democrática y verdaderamente libre.
La identidad misionera no se cuida solo con palabras, se cuida asegurando dignidad. Y la dignidad no se negocia ni se declama, se garantiza. Eso también lo ven las nuevas generaciones.
