La ignorancia motivada: cuando elegimos no saber

No nacemos siendo ignorantes: aprendemos a serlo. Solemos entender la ignorancia como algo pasivo, una simple falta de conocimientos o comprensión. Bajo esa idea, alguien “ignorante” es quien no sabe algo, pero no se le puede culpar por ello; es una carencia que simplemente arrastra.
Sin embargo, es llamativo que rara vez califiquemos de ignorantes a los niños, aunque evidentemente saben menos que los adultos. ¿Por qué? Porque comprendemos que aún están en proceso de aprendizaje. Entonces, ¿cuándo empieza a ser «culpable» la ignorancia?
La respuesta está en el tipo de ignorancia que se elige. Hay una ignorancia activa, y es mucho más peligrosa. Se trata de aquella que no proviene de la falta de oportunidades, sino de una decisión —consciente o inconsciente— de no querer saber más. Es lo que se conoce como ignorancia motivada: cuando, por comodidad, miedo o conveniencia, preferimos no indagar, no escuchar, no cuestionar ni revisar lo que creemos saber.
Esta forma de ignorancia no sólo detiene nuestro crecimiento personal, sino que nos hace vulnerables a la manipulación. Al renunciar a conocer más, a contrastar ideas o a buscar nuevas perspectivas, dejamos que otros piensen por nosotros.
Johann Wolfgang von Goethe ya lo advirtió: “Nada hay más terrible que una ignorancia activa”. Y Karl Popper lo reafirmó: “La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimiento, sino la negativa a adquirirlo”.
La ignorancia motivada se manifiesta en todos los ámbitos de la vida. Alguien que siente malestares persistentes pero evita ir al médico, elige no saber. Quien se niega a leer o escuchar argumentos distintos a los suyos, también. En lo político, en lo social, en lo personal: ignorar por elección es cerrar la puerta al conocimiento, a la comprensión, al diálogo y al cambio.
Cuando decidimos ser ignorantes, alguien más decidirá por nosotros.
Y eso es, quizás, el mayor peligro de todos.

Por Paola Wojtowichz, docente de Oberá