Por Paola Wojtowichz, docente de Oberá
Cristina Fernández de Kirchner no es una perseguida política. Es una condenada con balcón, con custodia, con tobillera electrónica y un ejército de fieles que la canonizó sin pedirle milagros, solo relato.
Mientras la Justicia confirma su responsabilidad por administración fraudulenta de fondos públicos, mientras le exige devolverle al Estado más de 500 millones de dólares, su militancia le prende velas como si fuera Santa Evita reencarnada. Pero esta no es una santa pobre: es la Santa Corrupta de Constitución, protectora de empresarios amigos, devota del blindaje judicial y autora de una épica reciclada.
La Causa Vialidad no es persecución: es justicia que llegó tarde. Cristina no fue juzgada por su ideología, sino por su participación en una estructura de saqueo institucional. Dirigió un Estado que entregó licitaciones como si fueran rosarios, armó hoteles que lavaban más que ropa, y transformó el concepto de «patria» en una S.A. con sucursal en Santa Cruz.
Pero acá estamos: con la reina de la obra pública malversada cumpliendo arresto domiciliario con tobillera, mientras su tropa arma actos con bombos, glitter, banderas y tobilleras de cotillón. ¿Presidaria? No. Performática. Y lo más triste: funcional al desprecio de la política como herramienta de transformación.
Todo esto sucede mientras los verdaderos excluidos, los que viven en las rutas no hechas, en las escuelas sin gas y en los hospitales vaciados, siguen esperando algo más que liturgia.
La «santa» tiene balcón, pero no tiene vergüenza. Tiene relato, pero no tiene disculpas. Tiene devotos, pero no tiene inocencia.
¿Y el gobierno? Milei, que prometió dinamitar la casta, no mueve una piedra contra esta figura central del pasado reciente. Porque al final, todos los extremos se tocan: unos con la Biblia del libre mercado, otros con el misal de la patria grande, pero todos bien lejos del pueblo real.
Cristina no es la mártir. Es la Santa Corrupta de Constitución, canonizada por la fe ciega y sostenida por un sistema que premia el choreo con televisión en HD.
Y la pregunta que queda no es si volverá, sino:
¿Hasta cuándo vamos a dejar que el altar del relato tape las cenizas del saqueo?
