Marcelo Torcuato de Alvear fue presidente de la república entre 1922 y 1928. No es frecuente que se hable de su gobierno cuando se analiza la historia argentina. Es más, hasta podría decir que se lo ignora muy sutilmente. Incluso los mismos radicales demuestran esta actitud, como si le pesara el recuerdo de su figura. Pero cuando se hace imprescindible mencionarlo lo hacen como disculpándose. Es como si le negaran su sentido de pertenencia a la Unión Cívica Radical.
Esto tal vez tenga una explicación razonable: la figura de Alvear ha sido relacionada con la aristocracia argentina y muchos lo cuestionan por esto. Máxime en un país donde los prejuicios ideológicos están por encima de las evaluaciones objetivas que se deberían hacer cuando se estudia a los personajes históricos.
Con Alvear ocurre esto. Es que la historia de nuestra nación está dividida en dos por una grieta profunda que viene desde los inicios de la patria. Hubo una puja (y la sigue habiendo) entre dos corrientes históricas representadas por dos supuestos “modelos de país”: el unitario contra el federal, o el nacional y popular contra el “oligárquico”. El revisionismo histórico, que se presenta como defensor de “lo nacional y popular”, ha trazado una “línea histórica” que tiene como referentes a Rosas, Yrigoyen y Perón. Por lo tanto, resulta fácil deducir que el radicalismo prefiere rescatar la figura de Yrigoyen, por su carácter de líder o caudillo personalista, en contraposición a la de Alvear, a quién se lo define como anti personalista y más republicano. Por cierto, a los personalistas y revisionistas les resultaría más fácil ignorar, menoscabar y echar al olvido a ese período exitoso, que confrontar con él en el campo de los resultados.
El revisionismo ha impregnado la historia con sus prejuicios y los radicales no han podido o no han querido sustraerse a ellos, ya que en su afán de ser “políticamente correctos” para estar en consonancia con” lo popular” renuncian a la posibilidad de rescatar y exponer con orgullo a un período brillante, protagonizado y conducido por un radical de la primera hora.
A continuación, pasaré a detallar algunos de los aspectos más importantes de su gobierno. Marcelo T. de Alvear fue uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical; participó en la revolución del parque en 1890 y en 1891 fue uno de los firmantes del manifiesto que fundó el partido, junto con Leandro N. Alem y otros. Fue diputado de la nación en 1912 y en 1922 fue propuesto por el presidente Hipólito Yrigoyen para ser el candidato a sucederlo, ya que el mismo no podía ser reelecto, de acuerdo a lo que determinaba la Constitución Nacional.
A diferencia de Yrigoyen (a quién se le consideraba un político más propenso al caudillismo y las prácticas populistas), Alvear era un político republicano y democrático. No era propenso a halagar a las masas con políticas demagógicas y por esta razón no contaba con la popularidad que es común en los líderes carismáticos. Otra cuestión que ahondaba ese distanciamiento era su pertenencia a la clase alta de la sociedad argentina. Fue un hombre de una vasta cultura; su gran fortuna le permitió viajar mucho por Europa. Conoció a la gran cantante lírica Regina Paccini, con quien se casó en 1906. Tanto él como la mayoría de los miembros de su gobierno eran descendientes de familias patricias o acomodadas económicamente, por lo cual se decía que gobernaban los hombres de “galera y de bastón”. Sin duda Alvear era de tendencia liberal, pero notoriamente en su gobierno se establecieron políticas que para el momento podrían considerarse como progresistas. Se sancionaron leyes de previsión social; las jubilaciones para los bancarios y los maestros. Reglamentación del trabajo de las mujeres y de los menores de edad. También se estableció por ley el pago de salarios en moneda nacional, para evitar que se siguiera haciendo con vales. Durante su período de gobierno hubo un importante aumento de la clase media gracias al aumento del salario real. El índice del PBI estaba hacia 1928 entre los seis más altos del mundo.
La economía exportadora crecía con el aporte de la mano de obra de los inmigrantes (entre 1924 y 1929 ingresaron al país 2.012.728 personas) que poblaban el campo, pero también se desarrollaban los centros urbanos con obras públicas y servicios como teléfonos, electricidad, tranvías, subterráneos, etc. La ciudad de Buenos Aires comenzaba a expandirse dando lugar a lo que se llamaría: “los cien barrios porteños”, que crearon la oportunidad de que miles de familias pudieran tener su casa propia.
Durante su presidencia y con la conducción del general Enrique Mosconi, se le dio un gran impulso a la explotación petrolera alcanzando un gran desarrollo. En 1925 se inauguró el Complejo Industrial La Plata, para el refinamiento de petróleo, logrando el total autoabastecimiento de naftas. A los cinco meses de su puesta en marcha, la planta ya producía nafta para aviones. También la industria automotriz tuvo su empuje, con la instalación de la primera fábrica de Ford en Latinoamérica, con una inversión de 240.000 dólares. Para el año 1927 la producción del popular Ford T, había llegado a las 100 mil unidades. En 1920 había en Argentina 48.000 automotores (187 habitantes por automotor y para 1930 la cifra aumentó a 435.822 (un promedio de 27,6 habitantes por automotor); las inversiones extranjeras, especialmente de los Estados Unidos, fueron extraordinarias.
Cuando el gobierno quiso avanzar hacia una jubilación universal en 1923, con la ley 11.289, tuvo gran oposición de la Unión Industrial y también del movimiento obrero, que se oponía al descuento de aportes del 5%.
En otros ámbitos, el ministro de Marina Manuel Domecq García realizó el anteproyecto de la formación de la Marina Mercante argentina de ultramar y se instaló la base de submarinos de Mar del Plata. Tanto el presidente Alvear como el almirante Domecq alentaron la construcción de submarinos en el país, por lo que se construyó el astillero “ministro Domecq García”, en la costanera sur de la ciudad de Buenos Aires. En 1924 se fundó la Escuela de Mecánica de la Armada y en 1927 se construyó la Fábrica Militar de Aviones en Córdoba, siendo la primera fábrica de alta tecnología del país.
El gobierno de Alvear tuvo gran preocupación para no excederse en el gasto público y un especial cuidado en controlar la emisión monetaria, a diferencia de su antecesor Hipólito Yrigoyen, quien había ampliado considerablemente el número de empleados públicos durante su gestión.
No solamente se trataba de evitar el despilfarro, sino que el presidente en más de una ocasión utilizó dinero de su peculio para algunos gastos. En oportunidad de las visitas al país del príncipe de gales, el maharajá de Kapurthala y el príncipe Humberto de Saboya, se produjeron gastos que excedieron lo previsto. Los mismos llegaron a la suma de 500 mil pesos, y cuando el ministro Molina le comunicó esto a Alvear y le propuso pasarlo a rentas generales, el presidente se opuso y decidió hacerse cargo de ese desfasaje vendiendo tierras de su propiedad para solventarlo.
Otro notable ejemplo de austeridad y renunciamiento a los intereses personales lo dio el vocal del directorio de YPF, Carlos Madariaga, al financiar con dinero de su propia fortuna algunas obras en dicha petrolera estatal. Todo esto en el marco de la extraordinaria gestión llevada a cabo por el general Mosconi, que permitió un gran desarrollo de la actividad petrolera, logrando el autoabastecimiento de combustibles en el país.
Estas actitudes (tanto de gobernantes como de funcionarios) son prácticamente impensadas en la política argentina y con más razón en estos tiempos, en los que servirse del estado e incluso hacerse de fortunas con su usufructo, parecen ser una práctica normal.
Como vemos, existen sobradas razones para rescatar la figura de Marcelo Torcuato de Alvear. La historia ha sido y sigue siendo muy injusta con este singular patriota, que en solo seis años de gobierno demostró ciertas dotes de estadista que muy pocos presidentes pudieron igualar. Luego de la caída de su sucesor Hipólito Yrigoyen, regresó al país para ponerse al frente de la Unión Cívica Radical, pero fue perseguido, encarcelado y proscripto. Pero lo peor de todo es la confabulación de historiadores, políticos, etc., que lo cubrieron a él y a su período de gobierno con el manto del olvido y el resentimiento. En esto tuvo que ver el revisionismo, pero curiosamente, también la indolencia y la actitud pusilánime de los radicales, que prefirieron dejarse influenciar por los desertores del partido, los que terminaron formando “FORJA” y adhiriendo luego al peronismo. El radicalismo fue perdiendo así la oportunidad de exhibir con orgullo esos logros tan importantes.
Por Nicolas Aguilar
Autor del libro «Argentina, la patria populista»
“ALVEAR, EL IGNORADO”
