La famosa grieta de la cual se habla tanto en el país no es algo novedoso. Argentina ha atravesado en su historia momentos similares, cuando no peores, sobre todo en el siglo 19 durante las luchas intestinas entre unitarios y federales, período en el cual los hechos de violencia no se remitían a una cuestión meramente verbal. Avanzando ya en el siglo veinte el conflicto saliente fue entre peronistas y anti peronistas , que también contó con aristas de extrema violencia en determinados momentos. Pero me quiero referir en especial al momento actual, que es el que estamos viviendo y del cual somos protagonistas. Sin duda que la palpable división que existe en la sociedad argentina es responsabilidad de todos, pero no es puntualmente ideológica, sino mas bien una cuestión de valores. Hablando de ideologías podemos coincidir o no, pero eso no nos llevará necesariamente a una ruptura o a discusiones demasiado conflictivas. El problema está cuando se sobrepasan los límites y se pretenden justificar ciertas acciones que salen del ámbito dentro del cual nos estamos desarrollando; por ej : que la corrupción en el estado no es un hecho grave (intentando naturalizarla) o pretender que (aún dentro del sistema democrático) el autoritarismo no es perverso, porque se trata de «construír poder para garantizar la gobernabilidad», o que las cuestiones republicanas son secundarias y en consecuencia «no es malo que manejemos el congreso como a una escribanía o tratemos de interferir en la justicia o presionarla. Pero si entendemos en definitiva que todos tenemos algo de responsabilidad en la grieta, debemos también comprender y aceptar que el estado debe dar el ejemplo, o mejor dicho: son los gobiernos de turno quienes deben tratar de limar las asperezas y de propender a la unión de los habitantes del país. Un gobierno que se cree dueño de la verdad , trata de imponer un discurso único y define a los que piensan distinto como sus «enemigos», no contribuirá para nada en ello. Y su responsabilidad es mucho mayor. A la oposición también le cabe una gran responsabilidad, que es la de respetar los tiempos democráticos. Está en su derecho criticar, cuestionar, controlar, etc, etc., pero cuando su discurso y sus acciones sobrepasan esos límites se comienza a entrar al terreno de la intolerancia. Si sus dirigentes o referentes políticos concurren a un acto y aplauden a oradores que dicen que «hay que sacar al presidente», o le arrojan piedras a éste, o lo tratan públicamente de «basura», o si alguien que tiene que dar explicaciones a la justicia organiza un acto político partidario en vez de someterse como se debe a la república y organiza una especie de «resistencia» ; si se suceden una y otra vez las amenazas a funcionarios de turno, significa hemos sobrepasado los límites de la división o «la grieta» para entrar peligrosamente en el terreno de la intolerancia.
Por Nicolás Eugenio Aguilar
